Deja que te cuente: enero 2015

sábado, 24 de enero de 2015

Donde






Poco duraron las atenciones, 
el cuidar los detalles, 
tu piel suave y tu sonrisa al verme. 
Bastaron solo unos días para que la pasión se apagara, 
y volvieran esos momentos, 
en los que nada hacemos 
por encender este fuego, 
que la rutina convirtió en hielo. 
Donde quedaron esas ganas por sentirnos, 
por buscar un instante 
para quemarnos la piel. 
Donde los besos largos, 
las caricias que rozaban el alma, 
y las miradas de deseo 
que prendían nuestro interior. 
Donde quedaron esas largas charlas, 
porque siempre teníamos algo que contar. 
Donde, la impaciencia por tener que esperar para estar a tu lado. 
Donde, las miles de hormigas que recorrían mi cuerpo, 
cuando se acercaba el instante de ver tu sonrisa. 
Donde quedó ese tiempo frente al espejo, 
preguntándonos si le gustaré como me veo. 
Donde esas palabras dulces, 
que empezaban o terminaban cada frase.
Hoy, solo queda esa ventana abierta 
por donde escapo en busca de ese amor perdido, 
que una vez fue mío. 
Y que reconozco en otras miradas,
otras manos entrelazadas,
otros besos y caricias.
Hoy, te busqué como se busca al primer amor. 
Pero tu voz apagada, 
tu mirada que no me ve 
y el calor que escondes, 
acalló de nuevo esta pasión que no cesa de gritar dentro.
Hoy, te has ido de nuevo. 
Quizá mañana, nos volvamos a soñar.


©Patricia Duboy


lunes, 19 de enero de 2015

A veces




A veces, 
el amor son sólo palabras. 
Palabras que abrazan un corazón 
y enamoran el alma. 
A veces, 
esas palabras no son suficientes 
y busca el corazón hacerse presente, 
con besos y caricias que entrega a su suerte.
A veces, 
los besos y caricias no calman el deseo 
que en la piel se prende 
y buscan los cuerpos arder entre gemidos, 
que desata a la mente.
A veces, 
ese fuego que encienden los cuerpos, 
para las almas no es suficiente. 
Y escapan entre sueños dormidas, 
en el silencio de la noche, 
para fundirse en secreto, 
y volver rendidas, 
al abrigo de sus cuerpos.
A veces, 
como el corazón es vanidoso, 
necesita palabras que le acunen con cariño.
Porque las palabras alimentan los corazones 
y las caricias, los llenan de razones.


©Patricia Duboy


viernes, 9 de enero de 2015

Un tren a sus brazos





Entonces sucedió. No podía creerlo. Pasó sin darme cuenta, y no pude evitarlo. O quizá, no quise. Sólo podía pensar en ella. Y ella, no era consciente de mis sentimientos, al menos eso creía. Y no porque no los demostrara, lo cierto es que me era imposible disimularlos.

Cada mañana, espero impaciente el instante en el que la veo descender con prisas hasta el andén. Y cada mañana, se pierden mis pensamientos en todo cuanto deseo hacer con su cuerpo. Reconozco que al principio, ni siquiera había reparado en ella. Hasta una mañana, en la que por descuido, tropezó conmigo. "Perdona no te había visto". Y fue entonces cuando comenzó mi tormento, desde ese momento fui consciente de su existencia.

Adormilada, como cada mañana, llego a la estación del metro perdida en mis pensamientos. Esos, que me roban el sueño. Me siento a esperar que pasen los escasos minutos que restan hasta la llegada del próximo tren. Desde que tropezara conmigo, prefiero esperar en ese banco frente a las escaleras de bajada. Y entonces, llega ella, puntualmente tarde como cada mañana, pero a tiempo para tomar ese tren, que para ella siempre se adelanta. Espero a que tome asiento y solo entonces, tomo el mío, a tan solo dos de distancia frente a ella. Desde donde puedo espiar su hábil destreza para maquillarse entre las sacudidas de un tren, al que no le importa quien viaja de pie. “No debe saber que ya es exagerada su belleza” pienso, “que no necesita disfrazar sus carnosos labios con carmín, ni teñir la intensidad de su mirada o colorear sus mejillas”. Le robaría todos esos colores a besos. Y así, cada mañana me dejo arrastrar por el deseo que me invade dentro, sin evitar lo que siento.
A veces, tengo la sensación que también me espía, y que me lanza alguna mirada burlona y fugaz. Y entonces, creo ver medias sonrisas cuando, al sentirme descubierta, miro la pantalla apagada de mi móvil o peino distraída mi flequillo. Delatada por mi falta de turbación, vuelvo la mirada hacia la oscuridad de los cristales de las ventanas, en busca de su reflejo y ahí descubro, su sonrisa completa. Su intensa mirada, que me atraviesa. Un guiño de su ojo que me tensa, y enmudece mi cabeza. Y al llegar a mi parada, que también es suya, dejo pasar a la gente hasta que se calmen mis pensamientos llenos de deseos por ella. Para ser sincera, espero también a que pase a mi lado y poder perderme en el contoneo imposible de sus caderas.

Pero aquella mañana, mientras miro la manera en que se aleja, vuelve sobre sus pasos y se detiene junto a mí. Su voz llega a mis oídos con una pregunta, que el fuerte latido de mi corazón me impide oír. Las mariposas que habitan mi estómago, asustadas por el estruendo de mis latidos se desbocan, y alocadas, llegan hasta mi garganta para evitar que pueda decir nada. Sin borrar su sonrisa, su mano aprieta mi hombro, y respiro profundo para calmar el torbellino que se ha desatado dentro. Y de nuevo su voz me repite la pregunta, que esta vez me esfuerzo por escuchar. "¿Comemos juntas?" me dice con tono sensual, aunque para mí, todo en ella es sensual. Un torpe movimiento de mi cabeza dice "Sí" y ansiosa por que llegue el final del día entro en mi oficina. Frente al ordenador, mi cabeza vuela a esa cita, y se imagina su cuerpo sobre mi mesa. Las horas pasan lentas y mi deseo aumenta. 
Al fin, frente a ella. Me dice su nombre y me besa. Ya en el restaurante ella me confiesa, que hacía tiempo que buscaba ese encuentro. Sonrojada le digo, que sueño cada noche sus besos. Me sonríe y sonrío. Ella comienza a hablar, pero no soy capaz de escuchar sus palabras. Sus carnosos labios tienen atrapados mis sentidos. Esos labios, que deseo en los míos, y me pierdo en su movimiento acompasado atraída por el baile sensual que realiza con cada bocado. Esa forma en que los separa para rodear al tenedor muy despacio y con un apretado abrazo, le ayuda a vaciarse dentro, salir libre de alimento, y volver al plato y tomar otro pedazo guiado por su mano. Sus manos… Tan estilizadas y con delgados dedos, que se me antojan hábiles en otros espacios de la vista alejados. Y de sus manos, mi mirada a su pecho, a ese hipnótico vaivén que su respiración provoca. No consigo disimular lo que sueño en mi cabeza y como si leyera mis pensamientos, con una sonrisa me advierte, que quiere otra cita donde se encuentren presente mi cuerpo y mi mente.

Paseamos hasta la estación. Demasiada gente en el vagón y nos quedamos de pie junto a la puerta. Nuestros cuerpos enfrentados, cara a cara nos encontramos. La proximidad de su piel, hace que su calor traspase mi ropa. Mi deseo es tan evidente. En una sacudida del tren pierdo consciente el equilibrio. Ella, para ayudarme a recuperarlo, rodea mi cintura con sus brazos. Adivina mi intención, sonríe y aprieta con fuerza su abrazo. Entonces, susurra en mi oído “a esto podemos jugar las dos”. Y siento tan cerca el aliento de su boca, que me vence el deseo de atraer su cuerpo, y robarle al fin, un beso.




©Patricia Duboy