Deja que te cuente: 2015

viernes, 6 de noviembre de 2015

Quiero


Quiero probarte, sentir tu aliento en mi piel.
Quiero tus dulces palabras en mi oído.
Quiero mirarme en tus ojos, verme en ellos.
Perderme en tu mirada y quedarme dentro.
Quiero tus labios en caricias que busquen mis suspiros.
Quiero que tus manos encuentren mis gemidos.

Quiero alterar a todos tus sentidos.
Quiero tu piel erizada y tus suspiros en mis oídos.
Quiero, acelerar tus latidos.




©Patricia Duboy


Y porque os quiero seguir teniendo por aquí, dedico estas líneas para contaros que preparo un cambio, que espero poder presentaros muy pronto y que os guste. Un nuevo sitio donde seguiré compartiendo palabras para que no dejemos de sentir. 




miércoles, 7 de octubre de 2015

Copa y puro




Te recuerdo en ese butacón, con tu puro y tu copa de coñac en tus manos. Me sentaba en el suelo sobre la alfombra, con mis ojos muy abiertos para no perder ni un solo detalle de cada historia que me contabas. Me encantaban aquellas en las que acababas en un calabozo o esas otras con los grises corriendo tras de ti. Me hiciste creer que todo puede cambiar si luchamos. Me hiciste comprender que en la vida, es necesario ser fiel a aquello en lo que creemos. Me hiciste ser quien soy. Y sé que sonreías, cada vez que en las noticias escuchabas como unos activistas habían sido detenidos tras asaltar un laboratorio y sacar de allí a todos los animales, o porque encadenados en algún recinto habían tratado de evitar un sangriento festejo. Siempre fuiste de copa y puro tras la comida, costumbre que imitaste de tu padre. Siempre, una mujer de ideas claras, adelantada a su tiempo. Siempre en guerra contra todo lo que “debe” ser, solo porque alguien así lo decide. Siempre ganaste tus batallas, abuela. Todas salvo ésta. Mamá te aseguró que mi vuelo llegaría hoy y tu corazón, que ya no resistía más, ha guardado su último latido hasta que has podido verme entrar por la puerta. Tu puro y copa han caido sobre la alfombra donde me sentaba de niña. Donde ya no volveré a sentarme para escuchar tus historias.



©Patricia Duboy

viernes, 2 de octubre de 2015

Ahora que no estás




Ahora que no estás el frío se apodera de mí en estos días grises. Incluso la lluvia que golpea en mi ventana, me entristece más que nunca. Se acabaron los largos paseos en la tarde, apurando hasta los últimos minutos de luz. Te llevaste las risas y las ganas de salir y disfrutar cada segundo hasta bien avanzada la noche. Ya no despierto en la madrugada empapada en sudor, con las sabanas revueltas, reposando siempre en el suelo porque estorbaban. Maldito el tiempo que te aleja inexorable y me hace creer que llegará tu olvido y no regresarás. Mas no lloraré tu adiós, pues sé que volverás como las oscuras golondrinas de Bécquer. Y será el tiempo mismo quien te traiga de vuelta. Ahora que no estás, no imaginas cuanto te echo de menos, mi querido y caluroso verano.


©Patricia Duboy

viernes, 17 de julio de 2015

De todo un poco




En la vida aprendemos solo aquello que queremos aprender. De la misma forma que vemos, lo que queremos ver y oímos lo que queremos oír. Somos egoístas, no lo podemos negar. Si algo va a hipotecar nuestra comodidad, miramos para otro lado y así, el problema ya no existe. Y las razones se convierten en excusas.

Si algo está mal, no hacemos nada. Un poco que yo haga no lo va a cambiar todo. Pensamos. Pero un poco que cambiemos, es un poco que mejoramos. Y esto, no lo pensamos. Como tampoco pensamos que un poco de muchos, es todo, para muchos pocos. Y poco a poco, se puede mejorar todo.

Pero si todos nos ocupamos de un mismo poco, quedará aún mucho que nunca tendrá su poco. Si todos hacemos un poco de lo mucho, lo mucho llegará a ser poco. Si cada uno tomamos algo para hacer de un poco, habrá mucho menos por hacer en todo. Si hacemos todo poco a poco, quizá así, alguna vez, deje de ser mucho. Porque si todos luchamos un poco, la lucha acabará por fin para muchos.

Si teniendo un punto de apoyo, Arquímedes movería el mundo. ¿Qué nos impide cambiar un poco todo, teniendo el apoyo de muchos?


© Patricia Duboy

viernes, 3 de julio de 2015

La singular realidad




Ella singular. 
En su cabeza comedias románticas que hacían a su corazón soñar.
Él, singular. 
Solo piensa en el placer que otro cuerpo le puede dar.
Él, 30 años. 
Nunca quiso ser plural, con promesas la sedujo. Es tan fácil de engañar.
Ella, 15 años. 
Sueña siempre su plural y enamorada de ese cuento, se deja llevar.
Ella, vive un sueño, de su mano, entre sus brazos y bajo sus sábanas 
sin pensar en lo que podría pasar.
Él, le sigue el juego. 
La manera más sencilla de obtener lo que quería.
Pasa el tiempo y en ella algo empieza a cambiar. 
Se descubre una nueva pluralidad.
Pasa el tiempo y en él, nada cambia. 
Nunca se ha sentido plural.
Ella, tiene miedo. 
No es su deseo lo que en su vientre está creciendo.
Él, destroza su sueño. 
Cuando supo lo que pasa, la abandonó sin remordimiento.
Ella, oculta su nueva pluralidad, despertó de ese sueño y conoció la realidad.
Él, de nuevo singular, lo último que le dijo; "no me vuelvas a llamar".
Ella, una noche clandestina, vuelve a ser singular.
Él, eterno singular. 
Actúa en otro cuento, ni siquiera su nombre recuerda ya.



©Patricia Duboy

miércoles, 24 de junio de 2015

Otro mañana








CAPITULO I



El sonido que dejó la puerta al cerrar aún resonaba en su corazón hueco. Se levantó con la sensación de que nada de lo ocurrido ayer había pasado. Despertó perezosa. Casi sin fuerzas, se arrastró hasta el baño y mojó su cara con agua fría con la esperanza de que le despejara los sentidos. Sin conseguirlo, puso en práctica el plan B: un café bien cargado.

Con la taza en la mano, se dirigió al sofá donde le gustaba disfrutar de ese primer café del día. Una vez allí, comenzó a repasar mentalmente cada detalle de lo sucedido la tarde anterior.

Seguía sin entender nada. No se había dado cuenta del momento en que comenzaron a cambiar las cosas. Hubo algún reproche de su parte sí, pero nada de importancia y nunca lo interpretó como una señal de que esos casi cinco años juntas, se vinieran abajo derrumbando todo cuanto habían construido. Sólo en la tarde de ayer, tras regresar a casa después del trabajo y ver las maletas en la puerta. Tuvo la visión de esos escombros y del polvo levantado que parecía flotar en el aire.

—No puedo seguir así, Gabriela. Me voy —dijo Arantxa rotunda y, sin esperar respuesta, cogió sus maletas para salir.
—¿Qué? Espera —la detuvo cerrando la puerta rápidamente—, pero ¿a dónde vas? ¿Qué ha pasado?
—No puedo creer que no hayas notado nada. —En la calle sonó un claxon—. Me esperan —la apartó y abrió la puerta para salir—. Tengo que irme ya.
—Pero… ¿a dónde? ¿Con quién?

Sin responder, Arantxa avanzó por la calle y Gabriela, incapaz de moverse, quedó mirando cómo subía a un deportivo rojo donde una chica la esperaba sonriente. La besó, mientras se acomodaba en el asiento del copiloto. Gabriela, aún en la puerta, confundida y con el corazón encogido, las vio alejarse.

Dio otro sorbo al café, todavía caliente. Dejó la taza vacía sobre la mesa junto al sofá y se recostó. Con la mirada perdida en el techo de la habitación, buscó ese momento en el que no parecía haber vuelta atrás y en el que hacía tiempo, sin que hubiera sido consciente, había quedado perdida la relación entre ambas.

Cerró los ojos, aún hinchados por las lágrimas de la tarde anterior. Su llanto no cesó hasta bien avanzada la noche, cuando el sueño le venció después de haber tratado sin éxito, de hablar con Arantxa. Su móvil estuvo apagado todo el tiempo, y sólo consiguió sentir una dolorosa impotencia. En un último intento, envió varios mensajes y esperó respuesta durante un buen rato con los ojos fijos en la pantalla. Agotada, se quedó dormida pensando en lo ocurrido.




©Patricia Duboy


Éste es el capítulo primero de "Otro mañana", novela corta que espero autopublicar pronto. Y por supuesto, si os gusta, espero vuestros comentarios.




sábado, 6 de junio de 2015

Te vas yendo




Nada dices, todo callas.
Nada digo y mis ojos te buscan.
Te vas yendo despacio, 
y me detengo ahí donde te fuiste, 
sin saber qué te pasa.
Porque a veces, regresas. 
Y por un momento mi mundo es tuyo y mío, tu mundo.
Esa mirada en tus ojos que lo dice todo.
Ese brillo, que pronto desaparece.
Y de nuevo, te vas yendo.
Un poco más lejos cada vez, 
y no encuentro razones.
Me das y al segundo me quitas.
Y me quitas la vida a cada paso que te alejas,
y porque temo por ella, te dejo ir.
Y como más no puedo, me voy de aquí.
Así despacio, hacia donde tú nunca vuelves.



©Patricia Duboy



lunes, 1 de junio de 2015

Mi parada






Me bajo aquí. No es mi parada. Ni siquiera es una parada pero ya no seguiré. Hice el viaje casi entero de pie, sujeta como podía a estas barras clavadas al techo y al suelo de cada vagón. Me duele todo el cuerpo del traqueteo y de tratar de mantener el equilibrio. Me quedé sin fuerzas. No ha sido un viaje cómodo y solo a ratos fue agradable. Por eso, he decidido bajar. Sé, que no aguantaré hasta el final. Ni siquiera sé, si lo que me esperaba en la que creía ser mi parada, era realmente lo que sueño ver. 

Quizá si pasara otro tren, aunque tuviera un destino distinto al mío, si para entonces ya estuviera recuperada, puede que decidiera subir. O aún mejor, si tuviera suerte y pudiera continuar el viaje en globo. Uno de esos de colores que se elevan muy alto en el cielo. Que bello sería sobrevolar todo, de paseo por las nubes. Poder ver todo hacerse muy pequeño bajo mis pies y así perder toda la importancia que tuviera alguna vez. No dejo de soñar, pero lo que ahora necesito, es parar. Descansar al fin. Por cuanto tiempo no sé. Tal vez necesite demasiado y mi cuerpo al fin vencido, se funda con la tierra. O tal vez, se me apaguen los sueños y el tiempo se transforme en un manto demasiado pesado como para intentar levantarme otra vez. 

Hoy se me agotaron las ganas. Y aquí me quedo, que os vaya bien.



©Patricia Duboy


viernes, 29 de mayo de 2015

No ser





Camina despacio, sin rumbo, sin ver. Arrastra melancolía en cada paso que se hacía cada vez más pesado. Con los ojos hundidos en los recuerdos que guarda el pasado. Suspiros cansados. Las caricias y besos de la mujer que ama. La risa de los niños jugando por la casa. Todo por lo que había vivido. Todo por lo que había luchado. Todo cuanto había soñado y había perdido.


Y se encontró en la calle, deambulando sin comprender. Con el pensamiento perdido en mil preguntas, se vio en el puente que cada mañana le lleva a su rutina. Y ahí se detuvo con lágrimas en los ojos. Saltó sin pensar.



Tras la caída, un fuerte dolor en las piernas, y su grito quebró la noche. No pensó en la altura que separaba las vías que cruzan bajo el improvisado trampolín. Con una carcajada desesperada, se burló de su suerte. Intentó ponerse en pie, arrepentido por lo absurdo de su estúpida imprudencia. El dolor, insoportable, amargó su risa.



Se apoyó sobre los codos y trató de arrastrarse. Creyó cambiada su suerte y soñó una nueva vida. Y entonces, una luz que le ciega. Un silbido impaciente y desesperado. Desahuciado, se giró a tiempo de ver como toneladas de metal se acercaban, sin tiempo para detenerse.




©Patricia Duboy


miércoles, 27 de mayo de 2015

Amor olvidado




El nuestro, fue un amor improvisado. 
Besos y caricias que quemaron nuestra piel 
y gastaron nuestros labios. 
Un amor, en ocasiones desmesurado, 
adornado de sueños, 
con matices de deseos realizados.
Un amor callado.
Lleno, de silencios apasionados. 
Una mirada empezó éste cuento, 
que tierno fue el encuentro.
Una sonrisa, colorea nuestras mejillas.
Una caricia, que nuestra piel eriza.
Días de paseo, que avivan el deseo.
Pintamos nuestra piel con besos,
cargados de un calor intenso.
Pero pasa el tiempo
y callamos sentimientos.
Llega nuestro invierno,
y se enfrían los encuentros.
El nuestro, fue un amor olvidado,
que dejamos en el pasado, 
sobre una piedra de un camino,
que cambió nuestros destinos.



©Patricia Duboy



domingo, 24 de mayo de 2015

Rojo





Rojo el clavel, que corté aquella mañana.
Rojas tus mejillas, al recibirlo junto a una nota.
Roja la pasión, que de la mano paseamos.
Rojos tus labios, cuando los beso sin descanso. 
Rojo tu deseo, cuando estás entre mis brazos. 
Rojo el fuego, que nos enciende dentro.
Roja tu mirada, cuando gritaste tu rechazo. 
Roja la sangre, que la herida en mi espalda ha derramado.



©Patricia Duboy

sábado, 16 de mayo de 2015

A mi lado




Pasas por mi lado y no te das cuenta de que tus suspiros tienen a mi corazón atrapado. Caminas distraída. Y yo te espero sentada en este banco del parque al que vienes cada día. Intento adivinar lo que guarda tu silencio, cuando de soslayo me miras al pasar junto a mí. Sé que ves mi sonrisa, porque al instante sonrojada, bajas tu mirada. Tú aún no lo sabes, pero estás de mi enamorada. Y cuando pruebes mis labios, todos los besos que hasta ahora has malgastado, te parecerán como aquellos besos robados en el patio de un colegio por alguien que ni sabías que existía.
Y como aún no tienes ni idea de lo que sientes por mí, te alejas despacio, sin mirar atrás si quiera. Y te dejo ir, porque todavía no eres consciente de cuanto me amas. Hace ya siete años y tres días, que vengo hasta este banco, convencida de que ya no tardarás en comprender lo que sientes. Y sé, que cuando lo descubras, querrás recuperar todo este tiempo de una forma tan apresurada, que no puedo permitir que pierdas ni un segundo en encontrarme. Por eso, no me muevo de aquí. Y aquí estaré, esperando paciente por ese día, en el que camines a mi lado. Y ya no tengas necesidad de volver cada tarde, para pasear de su mano.



©Patricia Duboy

martes, 12 de mayo de 2015

Donde ya no estás





Pasa el tiempo 
y todo se reduce a un corto espacio 
que, entre tú y yo, es abismo.
Intento tocarte,
estas a solo unos centímetros
pero por más que intento estirarme,
me resulta imposible.
Te transformas en aire y finalmente,
te escapas entre mis dedos.
Las palabras ya no valen,
estas tan lejos,
que apenas me llega un débil eco de lo que dices.
Te miro,
y apenas ya puedo distinguirte.
Mejor me marcho,
es absurdo permanecer donde todo es infinito.



©Patricia Duboy





sábado, 2 de mayo de 2015

Encuentros



El encuentro

— Hola, ¿te acuerdas de mi?
— Claro, como olvidarte.
— Hace años que no te veo.
— Han cambiado tantas cosas.
— Por entonces, yo andaba tras de ti y tu...
— Y yo, no te supe dar lo que deseabas y merecías.
— ¿Es que acaso, no te gustaba?
— Quien no me gustaba, era yo.



Encuentros

La magia del encuentro.
Tu caricia, a mi recuerdo.
El silencio del momento.
Y todo lo que guardo dentro.
La mirada que no se aparta.
Esa sonrisa, que me atrapa.
La mejilla sonrojada.
Y la piel, erizada.
Mi imagen, en tu mirada.
El deseo me delata.
Mis brazos que te atan.
Y tus labios los desatan.



Encuentros II

No sé si debíamos o no conocernos, el destino así lo quiso y cruzó nuestros caminos. Poco podemos hacer por evitar que mueva nuestros hilos. Pero un día en el que nada estaba pensado, nos regalamos un adiós de incertidumbre y desolación. Ese adiós, dejó marcado nuestro futuro. Un futuro, que ya desde el pasado era incierto. Hoy, nada queda de aquellos días que compartimos. El tiempo casi ha logrado borrar tu recuerdo en mí. Y el destino, con ese humor tan irónico que le caracteriza, vuelve a ponernos a prueba. Y en esta tarde gris te encuentro en mi paseo. Y yo, con ésta debilidad que me domina, me detengo al verte.

Caminas distraída, no me ves. Pronuncio tú nombre, despacio te giras. Nuestras miradas se encuentran y es entonces cuando tu sonrisa y mi sonrisa, remueven esos sentimientos que creíamos olvidados. Y nos hacen consciente del tiempo pasado desde que nos alejamos. Y en ese instante, el brillo que se apaga en nuestras miradas, nos hace comprender que el pasado queda lejos y que en nuestro presente, hay otros amores en nuestras vidas. Sonrisa cortés en nuestra despedida. Y dentro, pasión dormida.



Encuentros III

Son mis ojos los que hacen saltar la alarma,
ella se acerca despacio, y no pueden dejar de mirarla.
Recorren su cuerpo mientras camina,
frente a mí se detiene, y se dilatan mis pupilas.
Pretenciosa es mi sonrisa.
La imaginación me incita.
Mi nariz despierta, y el deseo confirma.
Su perfume me embriaga.
Mi piel erizada.
Su calor me desarma.
Suerte tienen mis oídos de escuchar su voz.
A todos mis sentidos desató.
Mi corazón no tenía dudas. Se aceleró.
Mi mente se nubla, todo en mi cambió.
Mariposas que escapan de su prisión.
Ahora lo puedo decir. Encontré el amor.



©Patricia Duboy



jueves, 30 de abril de 2015

Y es que no sé





Uno, dos y tres pasos. 
Me detengo, te miro, te abrazo.
Uno, dos y tres besos. 
Me incitas, me miras, te acercas.
Una, dos y tres palabras. 
Me callo, me sonríes, me besas.
Cuento el tiempo que no estoy a tu lado.
Guardo el que contigo paso.
Ruido, cuando estás lejos.
Silencio, si me das la mano.
Suspiros por donde escapa mi alma 
en busca de la tuya.
Miradas, que furtivas se buscan.
Sonrisas al descubrirnos a solas.
Y dicen, que así se siente el amor cuando te toca.
Pero entonces, si me toca, 
¿por qué se esconde cuando me provocas?


©Patricia Duboy




domingo, 19 de abril de 2015

Nueva realidad





Vuelves a callar y ya ni siquiera me miras.
Puedo tocarte pero no estás,
te pregunto y no dices la verdad.
“Estoy cansada, no hay nada más”
Y otra noche en la cama, tratando de encontrar,
las razones que te llevan lejos de nuestro hogar.
Quizás ha sido el tiempo que calmó nuestro deseo,
y las ganas de tenernos quedaron atrás.
Descuidadas se durmieron esperando ese beso
que lo traiga de ese ensueño
a esta nueva realidad.
Embriagados por el recuerdo
mis labios te buscan despertar.
Paralizada me quedo cuando veo,
que es mi reflejo en el espejo,
al que iba a besar.


©Patricia Duboy



jueves, 9 de abril de 2015

Esa delgada línea III


         A la primera parte                                                        A la segunda parte




Empecé a salir más tarde para la oficina y evitar así cruzarnos. Había pasado algo más de una semana en la que no había dejado de sentir esa atracción hacía ella. Mi deseo aumentaba, y como podía trataba de matar ese sentimiento. Es un error enamorarse de alguien que no te corresponde. ¿Quién no sabe eso? Pero cuantos habremos cometido ese error. Me siento incapaz de apagar las llamas que han prendido este amor fatuo en mí.

Al menos, no sé si por lo ocurrido, había acabado por fin con los golpes y ruidos a deshoras. Aunque ya podía tirar la pared entera que no llamaría a su puerta. Y volví a mis reparadoras siestas, mis largas llamadas telefónicas y mi música. Pasaron unos días más en los que me olvidé por completo de lo ocurrido. A esto me ayudó el tener la cabeza saturada con varios proyectos y las visitas continuas de Lydia. Su pareja llevaba unos días fuera, el trabajo la obligaba a viajar más de lo que le gustaría y a Lydia le costaba volver a casa para estar sola. Así, hacía tiempo en la mía, cualquier cosa por retrasar la vuelta a una cama vacía. En una de esas tardes se cruzó con mi vecina, de quien ya le había contado lo ocurrido y de lo que rio con ganas. Entró pidiendo disculpas.

— No volveré a reírme, también yo le habría besado.
— ¿De qué hablas?
— Acabo de ver a tu vecina —dijo y fingió que silbaba. —Cuesta creer que sea tan borde como me has contado. Deberías hablar con ella y aclarar las cosas.
 — Estoy convencida de que si la vuelvo a ver, intentaré besarle de nuevo.
— ¿Y qué puedes perder?
— Cualquier cosa, si vuelve a abrir con el taladro en la mano.
— Si estás loca por ella
— Eso no es cierto
— Me ha preguntado por ti
— Y ¿qué te ha dicho? —su carcajada me hizo comprender que se burlaba y que tenía razón, estaba loca por ella.

Las tardes con Lydia hacían las horas más livianas, empezó a venir con una botella de vino, y se hizo costumbre cenar juntas. Hasta el viernes que volvió su pareja y se acabaron nuestras tardes. Pasé el sábado pensando en serio hablar con mi vecina y disculparme. Y aquella misma noche lo hice. Lydia me había dejado más botellas de las que pudimos beber y tomé una para cenar. Estaba en ese punto en el que eres consciente de todo cuanto haces, pero no te importan nada las consecuencias. Llamé a su puerta.

— Hola… —busqué en mi memoria el momento en que me hubiese dicho su nombre. Hasta que recordé que nunca me lo dijo. —¿Cómo te llamas?
— Ana Isabel
— ¡Joder! Vaya nombrecito. —Quizá fue el alcohol que no me dejaba apreciar con claridad, pero me pareció que ella se mostraba diferente.
— Me dicen Anais —dijo con una sonrisa. —¿Estas borracha?
— ¿Anais? Eso suena mejor. Sí, he bebido un poco. Así que deja que te diga algo antes de que se me pase el efecto. —La sonrisa de sus labios no se borraba, tampoco recordé haberla visto sonreír antes, y a pesar del alcohol empecé a sentirme nerviosa. —Anais, quería disculparme por lo que pasó aquella tarde. Ojalá pudiera decir que también estaba borracha y no pensé lo que hacía. Aunque fue un impulso que no pude evitar en ese momento, no debió haber pasado. —Su mirada en silencio me estaba poniendo cada vez más nerviosa, y las palabras me salían con tanta velocidad que me costaba creer que no se me trabaran.
— ¿Me invitas a una copa?

Entonces enmudecí. Quise adivinar sus intenciones, pero con lo que había bebido no resultaba conveniente hacerlo. Nos sentamos en el sofá y serví el vino. Lo que a continuación me dijo me sorprendió más aún.

— Soy yo quien debe disculparse. Tú solo tratabas de ayudarme y no debí reaccionar así. —No podía creerlo, debía haber bebido mucho más de lo que pensaba.
— No te disculpes, no debí abordarte así
— Mi reacción fue desmedida. No estaba en un buen momento y cargué mi rabia contra ti. —Ahora estaba segura, no era por el alcohol que inundaba mi cuerpo, ella había cambiado. Se estaba sincerando conmigo y todos los días que había pasado tratando de olvidar lo que sentía, desaparecieron de mi recuerdo en ese mismo instante.

Estuvimos hasta bien entrada la noche hablando y bebiendo, y no sé si fue el vino o ese momento tan íntimo que estábamos teniendo, pero mi boca volvió a buscar a su boca. Y esta vez, ella no me apartó.

— No he estado nunca con una mujer —me dijo entre besos.
— ¿Quieres que pare? —susurré sin dejar de besarle.
— No, no quiero

Amanecimos desnudas y con resaca en mi cama. La luz del día suele hacer que te arrepientas de lo que haces en la noche. No era mi caso, pero temí que fuera el de ella. Y con esa incertidumbre esperaba a que despertara, y me quitara esa duda. Pero no podía esperar mucho más, así que la bese en la frente. Abrió sus ojos despacio y me regaló una sonrisa que arrancó a la mía. Y nuestros labios se buscaron de nuevo, esta vez sin la excusa del alcohol, y solo embriagadas por el deseo. Aquel domingo casi no salimos de la cama. Y los meses que siguieron fueron los más intensos de mi vida. Pasábamos juntas todo el tiempo libre del que disponíamos. En su casa. En la mía. En su cama o en la mía. Llenándonos de miradas y besos. Caricias que erizaban la piel y risas que eran la mejor música.

Hasta que una tarde después del trabajo, extrañada de que no diera señal alguna durante toda la mañana, llamé a su puerta. Abrió una señora mayor a la que pregunté por ella. Y esta, dando una voz hacía el interior del piso la llamó. Y permaneció ahí en la puerta cuando Anais hubo llegado.

— Hola, ¿necesitas algo? —No entendí nada. —Es la vecina mamá —le dijo a la mujer que seguía en la puerta y que al escuchar eso se volvió para adentro.
— Pensaba que comíamos juntas.
— Gloria, ha venido mi familia. No te he podido avisar antes. No podremos vernos estos días. —Dicho esto cerró sin darme opción a nada.

Estuve un rato parada frente a su puerta, intentando entender lo que había pasado. Me pareció lógico pensar que no le había contado a su familia que estábamos juntas. Y entendí que ella no quería que lo supieran.

En los días que continuaron a aquella tarde, ni una sola llamada, ni un mensaje. Nada. Ni siquiera respondía a los míos. Hasta que en la mañana del domingo siguiente llamó a mi puerta. Me abrazó y besó como si nada hubiera pasado. Me aparté y una vez dentro le pregunté.

— ¿Esto va a ser así cada vez que venga tu familia?
— Gloria, entiéndelo. ¿Sabes lo que supone que les cuente esto?
— No sé si quiero una relación en la que tenga que estar escondida.
— ¿Me estás dejando?
— No Anais, solo digo que no sé si quiero esto así. ¿Te basta a ti con esto? ¿Qué pasará cuando lleguemos a vivir juntas?
— ¿Vivir juntas? —dijo con una sonrisa que no supe interpretar bien el significado. —No habrás pensado…
— ¿Qué soy para ti, Anais? —No supo responder o quizá no quiso y su silencio me partió el corazón.

Le pedí que se fuera. Cogí una botella de vino y llamé a Lydia que no tardó en llegar. Le conté lo ocurrido y estuvo conmigo hasta que tuvo que volver a casa. Su pareja salía de viaje de negocios esa misma tarde y comerían juntas antes de partir. Esos días sin su mitad, le permitieron estar más tiempo conmigo. Y volvieron nuestras tardes de vino y contarnos todo, pero esta vez la compañía de Lydia no era suficiente. Necesitaba ocupar mi cabeza y me volqué en el trabajo. Eso ayudó a que me ascendieran y me trasladaran a una oficina más céntrica. Así que decidí dejar el piso y buscar algo más cerca del trabajo que no me costó encontrar. Con la ayuda de Lydia en un par de tardes, ya tenía todo embalado y listo. Los chicos de la mudanza llegaron pronto en la mañana del sábado. Y para las cosas más delicadas se ofreció Lydia a llevarlas en su coche. Salía del piso con la última caja que dejé en el suelo para cerrar la puerta. Y mientras buscaba la llave, Anais abrió la suya. Hasta ese día no la había vuelto a ver y un calor intenso me invadió desde dentro.

— Gloria… Hola. —Nos miramos en silencio durante unos minutos en los que sentí como me agarraban el estómago en un fuerte puño. —¿Te mudas? —dijo casi en un susurro que rompió el silencio.
— Sí, me han trasladado y…
— No sabía que te ibas.
Volvimos a mirarnos en una conversación muda, sin decirnos nada y diciéndonos todo. Ese silencio lo rompió Lydia, que volvía a buscarme al ver que tardaba en bajar.
— ¿Gloria…? —calló su pregunta al vernos allí. —Esa es la última ¿verdad? —dijo mientras cargaba la caja del suelo. —Te espero abajo.
Y cuando se hubo marchado, volvimos al silencio de nuestra mirada. Sentí deseos de abrazarle pero su pregunta me detuvo.
— ¿Estás saliendo con ella?
— ¿Con Lydia? —pensé unos segundos la respuesta. —Sí… —mentí.
— Me alegro… —mintió.

Y una sonrisa amarga se dibujó en nuestros labios. Nunca había sentido a mi corazón latir tan fuerte. Me pareció que quería escapar de mi pecho para correr a aferrarse al suyo. Tan fuerte latía que en uno de sus impulsos me empujó hacía ella, y ella levantó sus brazos para sostenerme. Y nuestros cuerpos, que no atendían a razones y no aguantaban más, se abrazaron. La estreché con fuerza en mis brazos, con deseos de llevarla conmigo. Al sentir su calor cerré los ojos, y le rogué a mi memoria que no olvidara este momento.



Fin



©Patricia Duboy

lunes, 6 de abril de 2015

Esa delgada línea II


(Segunda parte) 

A la primera parte                                                                     A la tercera parte




Sentí una mano apartar de mi frente el pelo que caía sobre ella y a unos labios tibios dejar un beso. Abrí despacio mis ojos, sin comprender muy bien que estaba pasando. Y junto a mí, sentada en el sofá estaba ella. “¿Cómo has entrado?” acerté a preguntar con más confusión que curiosidad. Puso su dedo índice sobre mis labios, invitándome a guardar silencio. Y muy despacio, a la vez que apartaba su dedo acercaba su boca a la mía y me besó sin decir nada. No me resistí. Lo cierto es que desde que tropezamos ésta mañana, había sentido cierta atracción hacía ella, me pareció una chica más que atractiva, aunque su actitud eclipsaba todo lo demás. Se apartó de mí un segundo y con un martillo que no sé de donde había salido, comenzó a golpear la mesa. “¿Por qué haces eso? Basta, déjalo ya”, pero no me respondía. La situación me desconcertaba y ella continuaba golpeando sin cesar. Traté de quitarle el martillo, pero por alguna razón no podía asirlo y entonces, escuché un grito. Desperté de golpe y del sobresalto me caí del sofá. En parte aliviada de que todo hubiera sido un sueño, me sedujo la idea de tener algo con ella.

Miré la hora, pasaban de las seis. Había dormido un buen rato, aunque seguía con sueño. Preparé café y mientras esperaba que calentara, recordé lo soñado. Me fastidiaba haber tenido un sueño con una persona tan irritable, aunque reconozco que seguía sintiendo sus labios en los míos, y me gustaba. Entonces, comenzaron de nuevo los golpes que me habían despertado de mi siesta. Y en un segundo, se esfumó de mi cabeza mi sueño con ella. “¿Pero qué está haciendo ahora?”. Decidí tratar de ignorar los golpes y me senté a tomar el café. Mientras dormía, mi amiga Lydia me había llamado y aproveché el rato del café para devolverle la llamada. Los golpes no cesaban y me costaba escuchar lo que me contaba. “¿Pero cuánto se puede tardar en colgar un cuadro?” pensé. Era imposible centrarse en la conversación, así que decidimos quedar mañana para comer y seguir entonces donde lo habíamos dejado. Tras colgar el teléfono puse música a buen volumen para amortiguar el ruido de los golpes. Se detuvieron los golpes y escuché llamar a mi puerta. Bajé la música y abrí. Era ella.

      —  ¿Podrías no poner la música con tanto volumen? —No daba crédito a lo que escuchaba.
      — ¿Qué no ponga la música…? —y antes de acabar la pregunta solté una ruidosa carcajada. —Estás de broma ¿verdad?
      —  Se escucha mucho en mi piso y…
      —  ¿En serio? ¿Se escucha en tu piso? —le dije todo lo irónica que pude y visiblemente molesta, se fue.

Volvieron más fuertes sus golpes y mi música. Y cuanto más aumentaban sus golpes, más lo hacía mi música. Hasta que escuché un grito de dolor, los golpes cesaron y quité la música. No sé la razón, pero no pude evitar ir a llamar a su puerta. Me abrió con su mano izquierda bajo su brazo, tratando de contener así el dolor. Sin duda se había golpeado con el martillo.

               — ¿Qué quieres ahora? —preguntó con rabia.
               — ¿Te has hecho daño? —mi pregunta la calmó
               —  Creo que me he roto el dedo —exageró
             — ¿Me dejas verlo? —tenía mal aspecto, pero no estaba roto. —Algo de hielo te vendrá bien
               —  No tengo nada de hielo, apenas he tenido tiempo para nada.
               —  En mi piso debo tener, vamos y te pongo un poco.

Sentadas en el sofá tomé su mano y con sumo cuidado le puse el frío del hielo. Estuvimos un rato en silencio, la veía hacer gestos de dolor, pero no se quejaba. De repente dejé de ver en ella a esa persona tan irritable que me desquiciaba, y la escena me enterneció. A mi cabeza volvió el sueño de mi siesta y sentí deseos de besarle. Debió notar que la miraba y sus ojos se encontraron con los míos. Creí ver en su mirada una invitación y me incliné hacía ella buscando sus labios, pero al roce de mi boca en un impulso inconsciente, me rechazó.

          — ¿Qué haces?
          —   Perdona… Pensé que…
          — ¿Pensaste? —me interrumpió—. Hazme un favor y no pienses.

Tiró el hielo, se levantó y se fue. Quedé confundida y me reproché lo ocurrido.
Los días siguientes a aquello evité cruzarme con ella y traté de olvidarlo. Me convencí de que era imposible sentir algo por ella. Hacia solo unos días que la conocía. Días en los que habíamos discutido, más que hablado. Pero a pesar de esa lógica, no encontraba explicación a la forma en que me sentía esos días. “No puedo estar enamorada” me repetía como un mantra. “Solo fue un impulso. Es absurdo que sienta algo”. Llegué a convencerme de eso, pero no tardaría en volver a desbaratarme todo. 


Continuará


©Patricia Duboy