Deja que te cuente: septiembre 2014

sábado, 27 de septiembre de 2014

Noche de amor

       

       Los primeros rayos de luz comenzaban a colarse por la ventana entreabierta. Sentí frío y tire del nórdico para abrigarme. A mi lado, aun dormida, estaba ella. No pude evitar dejar escapar una sonrisa al verla. Estaba desnuda, tumbada a mi lado, podía sentir el calor de su piel en la mía. Y sin poder dejar de mirarle, dejé que mi mente volviera a revivir aquella noche…

       Llegué a casa cansada, después de toda una semana de trabajo sin descanso. Me puse el pijama ancho con el que me gusta pasar las noches de frío. Tomé algunas chocolatinas, encendí la tele y me metí en la cama dispuesta a pasar la noche tranquila, cuando comenzó a sonar el móvil. Marta, que me propone una noche loca de fiesta. 

—Hoy paso, estoy muerta y ya me metí en la cama —dije. 
—Venga ya, si son las diez. 
—Hoy no Marta, mañana te llamo para quedar. 

       Y colgué. Mi gato subió en busca del calor de las mantas. Y cuando comenzaba a acurrucarse, una nueva llamada le sobresaltó y le hace caer de un salto al suelo. Me empiezo a mosquear. Esta vez María.

—Oye, ¿cómo que no vienes?. 
—Que no voy ¿dónde?... Ya le dije a Marta que estoy en la cama, mañana quedamos. 
—Mira, te vamos a buscar a las once, espero que estés preparada —insistió y antes de que pudiera contestar, colgó el teléfono. 

       Ni me inmuté, y para evitar que cada una de ellas comenzara a llamarme, para intentar hacerme cambiar de idea, envié un mensaje de grupo, dejando claro que no tenía pensado salir esa noche y que se olvidaran un poquito de mi. Respuesta grupal nula. Y a las once en punto, mis tres ex amigas estaban abajo, sin dejar de llamar al portero. 

—No voy a salir hoy —les digo a través del portero. 
—Nina, tienes cinco minutos para bajar o subimos a por ti —dijo Noe autoritaria. 
—Eso me gustaría verlo. 

       No debí ponerme chula, olvidé que tienen copia de las llaves de mi piso. Por esas cosas que puedan pasar, cada una tenemos una copia del piso de las demás. Menos de Marta, que aún sigue en casa de sus padres porque, como ella dice; "allí no le falta de nada y puede hacer todo". Pero claro, siempre está pendiente de alguna habitación cuando liga algo. Antes de darme cuenta tenia a las tres en casa, buscando algo para ponerme. No sé ni cómo me vistieron y me sacaron a rastras. Tuve que volver. Noté que llevaba las zapatillas puestas cuando pisé un charco. Noe me acompañó, no confiaba en que volviera a bajar. 

       Media hora dando vueltas con el coche para buscar donde aparcar. El sitio estaba lleno y la cola para entrar al local daba la vuelta a la calle. 

—No entiendo el éxito de este sitio —dije aun molesta por tener que salir a la fuerza. 
—El éxito; es que no hay otro igual en toda la provincia, y vienen gente de todas partes. Además es grande y la decoración es chulísima —contestó María, que prefiere locales grandes y llenos porque piensa, que hay más chicas donde elegir.

       Al fin, aparcamos. Y después de un buen rato haciendo cola para entrar, allí estábamos. La decoración si esta muy bien, no lo puedo negar. El local tiene seis salas. Cada sala con su barra, y con camareras que parecían sacadas de la pasarela Cibeles. Fuimos directas a la sala Pop, allí al menos se puede hablar mientras tomamos algo. Nos sentamos en una mesa. María ya había repasado a todas y a cada una de las chicas que teníamos alrededor. Y no contenta con eso, fue a mirar que encontraba por ahí. Marta, como siempre, solo pisar el local la invitaron a tomar algo a la sala Country. Noe, no dejaba de criticar a las camareras, que según le parecía, las tenían toda la semana en una vitrina para que no cojan polvo y solo las sacaban los fines de semana y festivos para exponerlas. Llegaron dos chicas a nuestra mesa, y tras las presentaciones, aprovecho para escabullirme al servicio. Por supuesto, cola para entrar y mientras espero pienso en mi cama, mis chocolates y mi gato. Entonces una voz a mi espalda me pregunta si soy la última.

—Si… —dije mientras me volvía y descubría a la chica más bonita que jamás había visto. 

       No me salieron más palabras y debí quedarme con cara de idiota porque ella no dejaba de mirarme divertida. 

—¿Estás bien? —preguntó. 
—¿Quién no lo está después de haber visto un ángel? —dije. 

“Si, claro que estoy bien” pensé. Cara de asombro. Empiezo a sentir como un color rojo intenso, me colorea las mejillas. Entonces, comprendo que lo que debí decir en alto, lo pensé. Y lo que debí pensar, lo dije en voz alta. Para mi suerte, el baño se abre y me deslizo dentro antes de conseguir parecer una sirena. Me miro al espejo y veo un tomate tan maduro, que se caería de la mata. Pensé en no volver a salir hasta que el local se hubiese quedado vacío. Pero enseguida pensé, que sería mejor disimular y salir, como si nada hubiese pasado. Y eso hice. Pasé por su lado y le dije un sonoro “todo tuyo” que consiguió que fueran más evidentes mis nervios. Y volví corriendo donde Noe, que aún seguía en la misma mesa. Hablaba animada de cómo habían cambiado las cosas. Ella, siempre habla como si tuviese sesenta años y hubiese vivido la época de represión y esa noche había encontrado a alguien con sus mismas ideas. Primera vez que deja de criticar a todas, para centrarse en la conversación que aún mantenía con las dos chicas, a las que dejé con la palabra en la boca cuando corrí al baño.

—¿Qué has estado haciendo? ¿De dónde vienes?. 
—Del paraíso…de hacer el mayor ridículo. 
—A ver, cuéntame. 

       No iba a contarle nada estando allí esas dos que no conocía. Le hice una señal de que luego lo haría y me fui a buscar algo para beber. Mala idea. El ángel estaba allí, junto a otra chica que supongo era su amiga, porque no había indicios de que fuese su pareja. Las evito y me dirijo a la barra de la sala Rock. Con mi copa en la mano me dirijo a un rincón, cuando alguien me agarra de la cintura por la espalda. Me asusto y media bebida va a parar al suelo.

—¡Coño María que susto!
—¿Qué haces tú por aquí?
—Me apetecía ruido para no oírme pensar
—¿Y Noe? 
—Comiéndole la cabeza a dos
—Mira, he ligado —me dijo señalando a la pista como una niña que acaba de comprar una gran piruleta. 
—Y tú cuando no —le respondo. 

       Y corre al encuentro de su nuevo ligue. Me quedo apoyada en la barra con mi copa en la mano, mirando a todas partes y sin ver nada. Siempre hay demasiado ruido en esa sala y ya empezaba a sonarme hueco la cabeza. Vuelvo a la sala Pop y encuentro que el ángel habla con las chicas de nuestra mesa. Noe me hace señas para que me acerque y como llevada por una fuerza extraña que me empuja sin poder evitarlo, llego hasta la mesa y de nuevo con la misma cara de idiota con la que entré en el baño. 

—¡Hola! —me saluda el ángel, y siento que el color vuelve a mis mejillas. 
—Hola, no sabía que os conocíais —dije señalando a el ángel y a Noe alternativamente. 
—No nos conocemos Nina, es amiga de Trini y Paqui —me respondió Noe refiriéndose a las chicas con quien hablaba desde que llegamos al local. 

       Hubo un silencio que se me hizo eterno y de nuevo Noe, retoma su charla con Trini y Paqui. Me vuelvo hacía el ángel y la sorprendo mirándome con una media sonrisa dibujada en su boca, y ¡que boca!. Sus dientes blancos me parecieron perfectos y sus labios carnosos dibujaban la sonrisa más bonita que había visto jamás. Le sonreí y me quedé mirándola sin decir nada, no sé por cuanto tiempo. Y de nuevo su pregunta:

—¿Estás bien? —me dijo sin borrar su sonrisa. Esta vez no estaba dispuesta a meter de nuevo la pata y me aseguré de mi volumen y mis palabras, antes de decir nada.
—Sí, es solo que ando un poco agobiada con tanto ruido. 
—Está muy lleno esto hoy, ha servido el reclamo de traer a “Las liantas”
—Bueno, no vine por ellas, mis amigas las dictadoras me trajeron a rastras —“pero ha merecido la pena solo por conocerte” pensé
—Son muy buenas, hace tiempo que las sigo. ¿No las conocías?
—Si, si me gustan. Es solo que no me apetecía salir hoy. 
—Pues habría sido una lástima no conocerte. —Y vuelven los colores acompañados de un cosquilleo en el estómago. Le sonrío y respondo. 
—No me arrepiento de haber venido la verdad.
—¿Me acompañas a la barra? ¿Qué tomas?. 
—Un martini con cola. 

Íbamos camino de la barra cuando siento que me agarran de la cintura. 

—¡Maria, deja de hacer eso!
—¡Hija que genio!. ¿Quién es tu amiga?
—Pues… —vaya en ningún momento se me ocurrió preguntar su nombre. 
—Andrea —se adelantó ella mientras le daba dos besos a mi amiga. 
—Yo María, ¿vais a pedir?
—¿No te espera nadie? —le corté haciéndole señas para que nos dejara solas. 
—Se está morreando con una y paso de esos juegos, ¿con quién habla Noe?
—Nos las conozco, ¿por qué no te quedas y lo averiguas? —le propuse mientras me alejaba con Andrea. 
—Y no querías venir… —me susurró María mientras me sujeta del brazo. 

       Le hice un gesto de burla y fui hacía la barra. Andrea ya estaba pidiendo. Nos sirvieron las bebidas y se volvió hacía mi para ofrecer la mía. No sé cómo ocurrió, pero mi mano al ir a buscar la copa, se adelantó y creo que a traición, rozó su pecho. De nuevo el color a mis mejillas, desee que no lo hubiese notado pero no tuve suerte. 

—La otra se va a poner celosa —bromeó ella. 
—Perdona… —y pensé “no tengo ningún problema en evitar esos celos”

       Fue entonces cuando me fijé en ella. Su cuello, sus pechos, sus hombros, su cintura, sus caderas, sus piernas… toda una obra de arte que me hizo sentir un nudo en mi estómago y un deseo indescriptible de amarla allí mismo. 

—Aún no me has dicho tu nombre —creo que me noto el descaro con que la miraba. 
—Nina 
—¿Vienes a bailar, Nina? 
—Sí... Sí, claro

Me llevó a la sala latina, sonaba salsa y había mucha gente en la pista. Ella me tomó de la mano y me llevó directa al centro de la pista. Yo paralizada, solo podía pensar en ese cuerpo de infarto, sin reparar en nada más. Andrea comenzó a bailar, su sensualidad rezumaba por todos sus poros, la cadencia de sus caderas estaba subiendo la temperatura de mi cuerpo y sentí un súbito calor que me hizo beber casi de un trago la copa que tenía en la mano. No dejaba de bailar, mirarme y sonreír. Creí estar en el paraíso, y rogué que no notaran la ausencia de ese ángel que se les había escapado. Se puso de espaldas a mí sin dejar de bailar, con la mano que tenía libre me acercó aún más hacia ella, podía notar cada uno de esos movimientos que me estaban haciendo perder la cabeza. El deseo se estaba apoderando de mi. No sé donde dejé mi copa y con mis manos dibuje lentamente su cuerpo, siguiendo cada curva que su ceñida camiseta, marcaba sin compasión. Comencé a bailar aún más pegada a ella, mis manos no dejaban de acariciar cada centímetro. Se giró sin dejar de bailar, me miró a los ojos y me dijo. “Estoy deseando probar tus labios”. Me sentí temblar y como mi deseo por besar su boca y sentirla desnuda junto a mi, aumentaron hasta el límite. Me acerqué muy despacio sin dejar de mirar en sus ojos. Y rocé con mis labios los suyos, muy suave al principio. Ella me sujetó por la cintura y me acercó hacía sí con fuerza. Y entonces nuestras bocas se fundieron en una, nos besamos apasionadamente. Mis manos se perdían por todo su cuerpo y sus manos descubrieron lugares en mi que ni siquiera yo conocía. “Ven a mi casa” le susurre sin dejar de besarle.
Salimos y avisamos a un taxi. Subimos, y en un momento llegamos a mi casa. No le solté de la mano y ella no dejaba de besarme. No había abierto aun la puerta cuando ya me estaba quitando la ropa. Abrí como pude y dejando su cuerpo libre de ropas la llevé hacía mi habitación. Ni siquiera encendí la luz y cuando la tumbé en la cama…

—¡Ah! —el grito me sobresaltó y grité al tiempo
—¿Marta?
—¡Nina! ¿por qué no avisas antes de entrar?
—Es mi casa Marta, deberías avisarme tu 
—¡No enciendas la luz! —gritó tarde y pude ver que ya hacía rato que estaba allí.

Volví a apagar la luz y salí de la habitación. Andrea estaba fuera desde hacía rato, no advertí en que momento había salido. 

—No sabía que iba a estar mi amiga aquí, perdona…
—No te preocupes, no importa —temí que se fuese como había venido, pero… 
—Vivo cerca de aquí, podemos dar un paseo hasta mi casa, allí te aseguro que no habrá sorpresas. —Creo que notó mi alegría al oír sus palabras.

Paseamos de la mano, la noche invitaba a hacerlo. Caminamos en silencio, robándonos besos, miradas y caricias. Llegamos a su casa, subimos a un tercero y abrió la puerta de un piso muy parecido al mío. Cerró despacio, se volvió y se dejó caer lentamente sobre la puerta de entrada siempre sonriendo. “Es preciosa” pensé. Alargó sus brazos buscando mis manos y se las entregué. Estaba dispuesta a entregarle todo cuanto me pidiera aquella noche. Me acercó hacia ella con mucha suavidad. La temperatura volvía a subir. Me besó despacio. Acariciando mi espalda. Mis manos se detuvieron en su cadera y la apreté contra las mías. Sentí su lengua buscar la mía, y se encontraron. Dibuje sus labios con mi lengua y después apreté sus labios contra los míos. El deseo por sentir nuestro cuerpo desnudo aumentaba por segundos. Deslicé mis manos bajo su camiseta y con una destreza que sigo sin comprender de donde me viene, le desabroche el sujetador y clavé mis uñas en su espalda. Nos besamos con más intensidad. Empecé a besarle el cuello y traté de quitarle la camiseta. No fui tan diestra y tuvo que ayudarme. Sin dejar de sonreír se quitó la camiseta y dejó caer el sujetador al suelo. "Andrea" susurré. 
Mis manos acariciaron sus pechos, muy despacio. Ella no dejaba de sonreír y tan ensimismada estaba memorizando los, que no me di cuenta que había desabrochado mi pantalón. Besé su boca, muy despacio sin dejar de acariciar su piel. De pronto, me empezó a sobrar toda la ropa, me la quité en un segundo dejándome solo el tanga y la apreté con fuerza contra mi cuerpo. Caminamos sin dejar de besarnos y acariciarnos hasta su habitación. Me empujó hacía la cama y se deshizo de sus pantalones. Estaba deseando sentir su piel en mi piel. Se acercó despacio hacía mí, yo la esperaba sentada, y a medida que se acercaba me iba dejando caer sobre la cama. Nos besamos. Nos acariciamos. Me abandoné a los sentidos y me dejé llevar por el deseo. Nunca había sentido nada así. Se sentó sobre mí, con sus piernas a cada lado de mis caderas. Y comenzó a moverse despacio. No recuerdo haber estado tan excitada. Me sujetó las manos por las muñecas y se agachó para besarme mientras se movía despacio. Le correspondí siguiendo el ritmo con mis caderas. Bajaba despacio besando mi cuello, mis pechos, mi vientre. Recorrió mi cuerpo con sus labios. 

Aun sentía una corriente de placer por todo mi cuerpo, cuando ella se disponía a empezar de nuevo. Me revolví y la puse debajo mía. Me senté rodeándola con mis piernas y sin poner resistencia alguna, me dejó hacer. Comencé a besarle, mis labios insaciables buscaban los suyos. Mis manos acariciaban todo su cuerpo, tratando de leer cada línea de su piel y memorizarla. Me movía despacio y suave, en mi cuerpo todavía estaba latente el placer, que minutos antes me había regalado. Me detuve un segundo para contemplar su cuerpo desnudo. Lo recorrí con la mirada sin dejar un rincón por escudriñar. Pasé mi mano despacio por sus labios, recorrí su cuello y me detuve en sus pechos. Deseaba que se dejara llevar y que por un instante, olvidara todo. Ella me aferró de las muñecas con fuerza. Susurraba mi nombre, que nunca antes me sonó mejor. Empezaba a estremecerse con intensidad, hasta llegar a ese punto donde todo desaparece. Gritó mi nombre y quedó exhausta. Jamás había amado a nadie con tanta pasión. Y así continuamos toda la noche. Entre caricias, gemidos y besos dejamos que se perdieran nuestros sentidos. Agotadas, nos abrazamos, y en segundos nos quedamos dormidas…


Todavía seguía dibujada la sonrisa en mis labios y sentía aun recorrer por mi cuerpo el placer de aquella mágica noche. La bese muy suave en la mejilla. Despertó y me miró. Acompañado de una sonrisa, me regaló un “buenos días” que aun sonaba a sueño. No dije nada y la bese con toda la pasión que aún estaba latente en cada centímetro de mi piel. Me abrazó y recorrió mi espalda con sus manos. “Desearía estar así toda la vida” le susurre al oído. Me abrazó aún más fuerte. Y sin dejar de mirar mis ojos susurró; “seré tu deseo”. 

©Patricia Duboy

viernes, 19 de septiembre de 2014

La oficina




Cuando comencé a trabajar en aquella oficina, lo hice con toda la ilusión que se

puede tener al comenzar en algo nuevo. Pero como todo llega a su fin, en pocos días la ilusión, dio paso a los días más tediosos de mi vida. El trabajo no me llenaba, y casi desde el primer día, empezó a ser de un rutinario insufrible. Por suerte, todo tiene su lado bueno. Y ella, tenía todos los lados muy buenos. Solo con su presencia, su mirada y su voz, conseguía alterar mis días, y que llegara con la mejor de mis sonrisas cada mañana. Llenaba cada rincón de la oficina y todos mis pensamientos de fantasías, que en más de una ocasión me metían en un lío. A veces, me encontraba tan ensimismada en mi mundo interior, que interpretaba como sonámbula toda una escena, con diálogos incluidos, protagonizada por nosotras. Y todo, ante la mirada divertida de varios compañeros. Hasta que sus risas y algunos aplausos, me traían de golpe a la realidad. Por suerte, no podían imaginar quien era el objeto de mi deseo. Al menos, eso quería creer. 


El saber que la tendría cerca durante todo el día conseguía que me levantara con ganas de llegar y verla. Iba antes de mi hora, sabía que ella, ya estaría allí. Tomaba de mi mesa algunos archivos y corría a la fotocopiadora. Desde donde podía verla trabajar en su despacho. A esa hora, todo estaba tranquilo y podía perderme en mis pensamientos, donde ella protagonizaba cada una de mis fantasías, sin temor. 

A veces, mientras me hablaba, me imaginaba besando su piel, desabrochando despacio su impecable camisa y llenándola de caricias. Más de una vez le fue necesario llamar mi atención preguntándome si la escuchaba, cosa que me hacía sentir muy avergonzada y hasta creo, que lo notaba y disfrutaba haciéndolo. Hay veces, cuando fija su mirada en mi, en las que creo que consigue saber lo que está pasando por mi cabeza, y noto cómo un calor intenso me invade, al creerme descubierta.
Todo cuanto me hace sentir me domina y cada vez se me hace más difícil de controlar. Trataba de coincidir con ella en el ascensor, en los pasillos. Iba con cualquier excusa a su despacho, había conseguido llenarme la cabeza con su presencia y mi deseo por ella se hacía cada vez más fuerte, más intenso. Lo que habría dado, por pasar solo una noche con ella. Por suerte, no tuve que esperar mucho más. Me encanta cuando el destino juega a mi favor. 


Hubo un retraso en unos pedidos y ese mismo día quería que todo estuviera solucionado. No pensé dos veces el ofrecerme a quedarme, horas extras junto a ella. Y junto con los dos que siempre andan enroscados entre sus piernas, organizó las tareas que debíamos realizar cada uno. Pasamos horas en su despacho los cuatro, tratando de encontrar soluciones. Aunque yo no aportaba demasiado, solo podía pensar en poder quedarnos a solas las dos. 

Me encanta ver como de forma inconsciente juega con su colgante. Y como alguno de sus despreocupados dedos, con caricias furtivas recorren el espacio abierto que deja su camisa. La he visto hacerlo tantas veces. Y tantas veces he deseado que sean mi manos las que acarician su cuello. 


Las horas pasaban, y aunque conseguíamos encontrar soluciones, siempre había algo más que impedía el quedarnos a solas. Empezaba a oscurecer y para mi sorpresa, dijo a los dos chicos que podían marcharse. Nosotras nos quedaríamos para los últimos retoques y quedaría así todo listo. Al fin, a solas. Nos encontrábamos en su despacho, la única luz que permanecía encendida en toda lo oficina. El silencio era absoluto y mis nervios visibles. Su sonrisa, me relajó. Y con una leve inclinación de su cabeza, me indicó que me acercara. Permanecía sentada en su silla. Cuando me hube acercado, me invitó con un gesto suave de sus manos en mi cintura, a sentarme sobre ella. Frente a frente, me rodeó con sus brazos y comenzó a dibujar en mi espalda, con suaves movimientos de sus dedos. Mi mirada se perdía en ese espacio abierto de su camisa. Deseaba tanto sentir su piel. Muy despacio, dejé que mis dedos acariciaran cada milímetro. Empujada por el deseo acumulado, me incline sobre su cuello y lo recorrí con mis labios. Inundando mis sentidos con su olor. Reclinó su cabeza sobre la silla,  cosa que facilitó las caricias de mi boca sobre su piel suave. Allí, sentada sobre ella, sus ojos cerrados y ofreciendo su cuello, sentí que nada más existía. Pasé mi dedo por sus labios, dibujé despacio su boca. Muy despacio acerqué los míos, a los suyos, hasta que pude sentir su aliento en mi piel. Era tan intenso el deseo de besar su boca. Mis labios rozaron los suyos, muy suave. Ella apretó su abrazo, atrayendo mi cuerpo hacia si, con firmeza. Yo tomaba su cara entre mis manos. Y nuestros labios se fundieron en un beso que multiplicó mi deseo por ella. Entonces, el ruido de la puerta hizo que diera un salto. Tropecé y caí quedando en el suelo medio inconsciente. 



Desperté rodeada por varios compañeros, que trataban de hacer que volviera en mi. Entonces, comprendí que me había vuelto a pasar. Me debí dormir durante la reunión de última hora de la mañana. Ruborizada la busqué con la mirada. Me hizo un gesto de desaprobación y bajé la mirada. Me incorporé lo mas rápido que pude y pedí disculpas. Me preguntó si me encontraba bien y me pidió que saliera a despejarme un rato, y que volviera cuando acabara la reunión. Fui al servicio y me mojé la cara. Mirándome en el espejo me reproché lo ocurrido. ¿Cómo había podido quedarme dormida tan profundo que me hiciera caer de la silla y me golpeara con la mesa? Entonces, me asaltó una duda. ¿Habría hecho gala de mis dotes interpretativas y recreado todo lo que pasaba en mi sueño? De ser así, estaba convencida de que la visita a su despacho sería además de para despedirme, hacerme sentir tan avergonzada que desearía que en ese instante cayera un meteorito sobre la oficina. 



Vinieron a avisarme que me esperaba en su despacho. Sentía en mis mejillas un calor intenso. Cuando abrí, note que mi pulso temblaba. Y apenas me salió un hilo de voz cuando pedí permiso para entrar. Me pidió que cerrara y me sentara. Desde su silla mantenía su mirada fija en la mia. Quise hablar para disculparme. Las palabras comenzaron a salir de mi boca tan rápido, que apenas podía recuperar el aliento. Callé de golpe cuando se levantó y se acercó a mi decidida. Cortó mi respiración cuando se sentó sobre mi. Hice intención de hablar y su dedo en mis labios me lo impidió. Y despacio, se acercó para besarme. En ese instante, se hicieron realidad todos mis sueños. 


©Patricia Duboy

jueves, 18 de septiembre de 2014

Encender la noche



He encendido la noche, 
Enciende mi noche

su oscuridad, me dio miedo. 
Cuando desperté de mi sueño, 
lo vi todo negro. 
Un escalofrío sentí en mi alma, 
que hizo temblar todo mi cuerpo. 
A tientas, busqué una escalera. 
La más alta que pude encontrar. 
Subí asustada, lo reconozco.
Con mucho cuidado, 
alcancé su parte mas alta.
Cuando ya estuve arriba, 
me estire todo lo que pude.
No alcanzo a imaginar, 
como pude mantenerme allí, sin caer.
Y una a una las apreté, hasta encenderlas todas. 
No sé quien las pudo apagar 
y dejar mi noche, en total oscuridad.
Mi corazón se había asustado, 
no dejaré que vuelva a pasar.



©Patricia Duboy

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Y siempre, tú





De repente, tú.
Y en mis ojos, tú. 
En mi sonrisa, tú. 
En mis palabras, tú. 
En mi risa, tú.
En mis labios, tú. 
En mi pensamiento, tú.
En mis sueños, tú. 
En mi nostalgia, tú. 
En mis silencios, tú. 
En mi suspiro, tú. 
En mi deseo, tú. 
En mi piel, tú. 
En mi cama, tú. 
En mi vida, tú. 
En todo, tú. 
Y siempre, tú. 


©Patricia Duboy

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mi silencio en tu oido




Cuando me vaya de aquí se apagará mi voz. 
Y mi silencio inundará tus oídos. 
Ya olvidados por el susurro de mis labios, 
de esos besos que acariciaron tus pensamientos. 
Pasarán los recuerdos ya pintados en el pasado, 
para dejar solo frío sobre tu piel. 
Desearás volver sobre tus pasos. 
Aquellos que a ciegas diste y que ahora, 
no encuentras el porqué. 
De fuego se llenaban nuestros encuentros, 
de frío, se llenó nuestro adiós. 
Permitimos que la tormenta, 
acabara con nuestros días de sol. 
Un sol de cálido brillo que nos cegaba. 
Y nos deja ver, solo presente. 
Difuminando, pasado y futuro. 
Quizá, fue ese nuestro error. 
Olvidar, que somos más, que un presente. 
Y que arrastramos un ayer, 
que condiciona nuestro hoy. 
Y sobre el que construimos los mañana. 
Porque sabemos lo que somos.
Un cúmulo de experiencias, que llenan nuestra vida.
Un puñado de vidas, que nos llenan de experiencia.
Cuando me vaya de aquí...
Dejaré los recuerdos...
Llevaré mi calor...
Olvidarás mis sueños...
Se apagará el amor...
Y volarán las palabras que susurraba a tu oído, 
en nuestras noches de pasión.


©Patricia Duboy

domingo, 7 de septiembre de 2014

Quizá



Quizás el destino, solo nos quiso para jugar. 
Quizás esto tenía que empezar, tan solo para terminar. 
Quizá hemos llegado hasta donde pudimos,
y ya solo debe quedar el recuerdo. 
Quizá las cosas pudieron ser diferentes, pero ocurrió así. 
Quizá, tantas cosas que siempre se nos escapan de las manos 
y que creemos que podemos controlar. 
Quizá siempre esperamos más de lo que debemos. 
Quizá queremos abarcar más de lo que podemos 
y siempre deseamos más de lo que tenemos. 
Ojala no hubiesen tantos quizá 
y las cosas fuesen tan sencillas 
como siempre parecen ante los ojos de los demás. 
Ojalá el dolor no dejase siempre una herida tan profunda, 
que cuesta tanto curar 
y que casi siempre, cicatriza mal. 



©Patricia Duboy

viernes, 5 de septiembre de 2014

Mil



Mil segundos para esperarte.    
Mil palabras que regalarte.
Mil excusas para soñarte.             
Mil caricias con las que dibujarte.
Mil "te quiero" que guardo en mi corazón.
Mil besos que concentran todo mi amor. 
Mil razones para amarte, sin temor a olvidarte.
Y una vida para entregarte.




©Patricia Duboy

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Pirata de tu amor




Abordas mi corazón 
y lo invades sin compasión.
Asaltas mis sentidos 
y anulas mi razón.
Cautiva de tu amor, 
vendería mi alma por quedarme en tu prisión.
Como un mapa supiste leer mi corazón.
Tres pasos a la derecha, 
uno al frente y en el beso, un arcón.
Ahora eres dueña 
del tesoro que se hundió.
Rescatado del olvido 
por las manos de tu amor.
Quiero perder el norte, 
átame a tu timón.
Y en las noches de tormenta 
que me abrigue tu calor.



©Patricia Duboy