Deja que te cuente: 2014

domingo, 28 de diciembre de 2014

Inesperada sorpresa



Entre mis escritos andaba cuando, 
de pronto recibo una notificación, 
me mencionan en un post. 
Erika Martín a mi blog nominó. 








No lo puedo creer, ¡que inesperada sorpresa! ¡cuanta ilusión!. 
Hasta tres veces leí, en busca de algún error. 
Es una suerte que esté por escrito, 
pues de fiarme de lo que escucho, 
hasta cien veces necesitarían repetirlo. 
No todos saben que me falla el oído.
Para recibir los premios, solicita unos requisitos.
Dos de los pedidos, ya los he cumplido. 
Nada complicado, para los premios otorgados. 
Recibir tal galardón, es sin duda un gran honor. 
Diez compañeros de mi parte deben ser nominados. 
Y sin mas rodeos, aquí dejo el listado:

1. Alejandra Sanders por sus cuentos de terror 
2. Jordi Luna por sus poemas desde su ventana 
3. Danna Merchán por sus versos marchitos 
4. Carmen Arnaiz Verdera por sus micropensos
5. Larrú por sus fantasmas
6. Mikel Beltran por sus 86400 razones 
7. Amador Redondo por contar cosas 
8. Ricardo Mazzoccone por las historias de Richard
9. Juan Carlos por su universo mágico
10. Amelia R por la vida, el amor y vos

A cambio, solicito a mis nominados, 
que mencionen a quién les premió. 
Nos cuenten, que sienten al escribir
y cuando comenzaron. 
Y, por supuesto, nos revelen a sus galardonados.

No puedo acabar este escrito, 
sin agradecer a todos los que me leeis.
A vosotros lo dedico, en especial a quien me lo ha concedido.
Este premio no lo tendría sin vuestra compañía.

Y como queda muy poco para empezar un nuevo año. 
Os deseo lo mejor de todo cuanto habéis soñado. 
¡¡Felices escritos y lecturas para todo el 2015!!
Gracias y besos para todos. 




jueves, 25 de diciembre de 2014

Otro final II





Estaba la princesa en los jardines del castillo junto al temible dragón que impedía la entrada y salida de todo el que osara intentarlo. A lo lejos, a lomos de un corcel blanco de largas crines, blandiendo su espada al aire se acercaba al galope, el príncipe Azul.

—¡No temáis Princesa! Os libraré de ese maldito dragón —gritó Azul acercándose a toda velocidad.
—¡Deteneos! No es lo que parece —gritó Princesa mientras se situaba delante del dragón para protégelo. Y este, a su vez, se agachó como un perro asustado tras la princesa.
—¿Qué significa todo esto? Os devorará si no os apartáis de ese monstruo.

El dragón dejo escapar un gruñido al escuchar que el príncipe le llamaba monstruo. Entonces Princesa se volvió hacia él para calmarlo.

—Si es mi cachorrito bonito, ¿a que sí?. ¿Dónde está mi cachorrito guapo? —en ese instante, el dragón se puso panza arriba esperando las caricias de la princesa, sin dejar de mover su cola en señal de alegría.

Luego, volviéndose al príncipe le dijo con tono enfadado. “No volváis a hablar así, es muy sensible”, dicho esto el dragón soltó un humo denso y gris por su nariz, que mostraba su enfado hacia ese príncipe que le había insultado.

—¿Qué es todo esto? No logro entender nada. —Azul bajó de su caballo, desconcertado se sentó sobre la hierba, clavó su espada en tierra y continuó. —Soy el príncipe Azul y en palacio me informaron que se encontraba atrapada en el castillo que custodia un temible dragón que no permite a nadie su entrada o salida. No lo pensé dos veces y he venido lo antes posible a librarle de esta situación, y luego, tal y como estaba planeado, casarnos y vivir felices juntos para siempre.
—Os han debido informar mal Señor Azul, la realidad de cuanto le han contado es otra. Si tenéis un momento le explicaré todo.
—Me gustaría mucho saber la verdad de todo, si no es mucha molestia.
—Pasemos dentro, ¿le gusta el té?

El dragón siguió a la princesa y una vez dentro corrió hacía el sofá donde se echó sin que el príncipe le quitara la vista de encima, porque lo seguía viendo como un monstruo. En la sala, se encontraba disfrutando de la lectura, una bella princesa que se puso de pie para saludar al invitado.

—Supongo que es usted la causa del alboroto de hace un momento —dijo extendiendo su brazo para estrechar la mano del príncipe. —Soy Alicia, la pareja de Princesa.
—El príncipe Azul Encantado. A sus pies. —Y beso la mano que le ofrecía. —Me van a disculpar, pero cada vez entiendo menos todo esto —dijo volviéndose hacía Princesa que volvía de la cocina cargada con una bandeja con el té.
—Si tiene un poco de paciencia le explicaré con gusto todo. —Servía el té con unas pastas y el dragón corrió a sentarse junto a la princesa en espera de recibir alguna. —Ya sabes que no puede tomar esto, ¡ve al sofá!.

Y obediente volvió a acostarse mientras soltaba un poco de humo, molesto al no conseguir una pastita. El príncipe parecía cada vez más confuso, y bebía su té sin dejar de prestar atención a todo cuanto sucedía.

—Bien Azul, —comenzó. —Es cierto que este pequeño atemorizaba a todos los que trataran de alguna forma acceder al castillo o salir, pero tenía sus motivos. Una mañana en la que desperté antes del amanecer, lo encontré dormido en su madriguera, que había construido junto a la entrada del castillo para así, aprovechar el rio que lo rodea. De esta manera podría alimentar y dar de beber a ¡sus crías!. Cinco pequeñines que dormían junto al Dragón. Entonces entendí todo. —Hizo una pausa para tomar un sorbo de su té y comprobó que el príncipe le escuchaba con mucha atención y sorpresa.
—¿Mató a esos pequeños monstruos? —al decir esto, el dragón que dormitaba en el sofá, levantó su cabeza y escupió fuego con tanta puntería que quemó tan solo las plumas que adornaban el gorro que cubría la cabeza del príncipe. Este, quedó paralizado, sin atreverse a pestañear.
—¡No, Dragón malo! ¡Ve fuera! —le regañó la princesa. Y este, sin dejar de echar humo, salió al jardín. —Discúlpele Azul, hágase cargo que llamó monstruos a sus crías. Sentimos el sobresalto, pagaremos el destrozo de su gorro.

Sirvió más té y continuó su historia.

—Por supuesto que no maté a sus crías. Esos pequeños se despertaron al oírme y asustados comenzaron a escupir fuego para alejarme. Tropecé y caí en el momento que llegó Alicia, activista de una pequeña protectora de dragones, que como sabéis se encuentran en peligro de extinción. Alicia, se puso delante de mí y le ofrecía algo que comer a los dragones.
—Recuerdo tu cara desencajada, no me podría haber reído más. —Interrumpió Alicia.
—No todos los días tropieza una con seis dragones dispuestos a quemarte. —Se defendió Princesa.
—Pero si cinco de ellos eran solo unos cachorritos. —Se burló Alicia.
—Unos cachorritos con un papá muy enfadado —dijo la princesa mientras le enseñaba la lengua a Alicia en una burla y retomó de nuevo su historia. —En fin, será mejor que continúe. Para mi sorpresa, los dragones se calmaron y con algo de miedo al principio, acabaron por comer de la mano de Alicia. Ella, me hizo una señal para que me pusiera en pie y volviera dentro. Los dejó comiendo y me vino a buscar para explicarme cómo funciona su organización. Se dedican a rescatar dragones y buscarles familias que los adopten, si estos tienen castillo mejor aún. Ya sabemos lo mucho que le gusta a los dragones los castillos. Los pequeñines se encuentran ya con sus familias adoptivas desde hace algún tiempo. Y por supuesto, nos quedamos con Dragón, que ha resultado ser muy cariñoso y juguetón. Lo que intento decir es que su ferocidad solo se debía al miedo a que hicieran daño a sus pequeños, cuando entendió que no éramos una amenaza, nos permitió jugar con ellos y alimentarlos hasta que los dimos en adopción. La ayuda que recibí de Alicia y su asociación fue imprescindible para que todo acabara bien. Y como habrás podido comprender, en ese instante surgió el amor entre nosotras, por eso espero que entiendas que quiera anular, aquel acuerdo entre nuestros padres para nuestra unión en matrimonio —dijo mirando con infinito amor a Alicia, que le devolvió su mirada más dulce.

Luego se volvió hacia Azul, que se había quedado petrificado al conocer la historia. No podía entender nada. “¿Un dragón como mascota? ¿La princesa de mis sueños enamorada de otra mujer? Pero…pero qué clase de informadores tengo” dijo al fin, indignado. Agradeció la aclaración y se ofreció a hacer una donación a la organización en favor de los dragones a modo de disculpa por la intromisión y no haber contrastado la información que le había dado en palacio.

—Muchas gracias Azul, serían necesarias muchas donaciones para seguir con el buen trabajo de nuestra asociación. Si pudiera hablar a sus conocidos de nuestro trabajo… —Dijo Alicia agradecida por el donativo y emocionada por la facilidad con la que el príncipe había aceptado la nueva situación.
—Por favor, es tarde para partir a su palacio. ¿Por qué no come con nosotras y descansa un rato antes de marchar?
—Bueno, —dijo Azul dispuesto a aceptar el ofrecimiento —nunca me niego a una buena perdiz bien cocinada.
—Avisaré a cocina para que pongan un cubierto más en la mesa. Solo hay algo más que quizás debería saber. No habrá perdiz para la comida, somos vegetarianas, pero estoy convencida que le gustarán los deliciosos platos que prepara nuestra magnífica cocinera.

Dicho esto tomaron al príncipe cada una de un brazo y lo llevaron hasta el comedor. Mientras Azul, resignado, silbó hacía la puerta donde seguía el dragón en espera de que le levantaran el castigo. Y este, corrió a su encuentro. 


©Patricia Duboy


lunes, 15 de diciembre de 2014

Batalla ganada





Avanza ligero y silencioso, amigo de la noche y la tormenta. Con las velas desplegadas, el fuerte viento y el oleaje lo acercan veloz a la costa, donde atacarían por sorpresa y sin compasión. Víctor “El salvaje” da la orden y con una eficiente maniobra, quedan los doce cañones de estribor apuntando impasibles a la colonia que da cobijo al oro que ha llevado hasta allí al pirata más temido desde hace diez años, dueño y señor del mar. Los soldados dormían ajenos al peligro que les acecha, un pequeño grupo se resguardaban de la tormenta que se anunciaba desde el horizonte con truenos y relámpagos, descuidando la vigilancia, confiados en que ningún pirata se atrevería a atacar en una noche como esa. Sin duda, la fama de Víctor “El salvaje” no había llegado al lugar y sin duda, lo haría de la peor manera.
Entonces, entre truenos y relámpagos un grito “¡No dejéis a nadie con vida!” anima a los hombres a iniciar una nueva batalla llena de horror. Varios hombres abrieron fuego con los cañones, destrozando la fortaleza y alertando a los soldados que descansaban dentro y que asustados y desconcertados corrieron torpemente hacía sus puestos. En cubierta la actividad era frenética. Un grupo de piratas disparaban con sus mosquetes a todo aquel que se ponía a tiro. Luego, en el momento exacto, Víctor “El salvaje” acompañado de sus mejores hombres en la lucha cuerpo a cuerpo, alcanzó la orilla. Armados con pistolas, dagas y alfanjes asaltaron la colonia dejando…

“¡Pero qué diablos! ¡Maldito seas una y mil veces! ¡Despierta!” Gritó una voz que aunque poderosa, sonaba lejana.
Ernesto, que se había quedado dormido mientras relataba una nueva aventura de su personaje más conocido y que le había dado merecido renombre, no podía creer que esa voz fuera la de Víctor “El salvaje”. Incrédulo y somnoliento se frotó los ojos y miró a su alrededor. No vio a nadie. “Tengo que dejar de escribir hasta tan tarde” pensó. Se quitó las gafas y se puso en pie dispuesto a ir a la cama. Cuando se acercaba a la puerta de nuevo la voz de Víctor que le ordenaba con evidente desprecio.
¿Donde crees que vas, maldito? ¡Siéntate y acaba de escribir! ¿Piensas que puedes ir adormir mientras me encuentro en medio de una batalla? Debo estar soñando  se quiso convencer. Eres producto de mi imaginación, solo existes en mi cabeza. –Dijo entre incrédulo y aturdido
¿Y qué haces hablando conmigo entonces? ¡Te digo que te sientes y acabes de una vez esta batalla o atravesaré tu piel con mi daga, arrancaré tus entrañas y las tiraré a los peces! Deja de gritar. Te repito que sólo estás en mi cabeza. Voy a dormir, he trabajado sin descanso durante años, hoy no. Esta vez no. Necesito dormir. No eres nadie sin mí, maldito estúpido. Todo lo que tienes y todo lo que eres, es gracias a mí. ¡Vuelve aquí y termina esta batalla!
Ernesto se pasó nervioso la mano por el pelo. Estaba cansado, quería dormir y quería dejar de escuchar la voz de ese despreciable pirata que se pensaba dueño del mundo.
Está bien, lo haré. Pero calla de una vez. ¿Quieres que acabe esta batalla? La acabaré.
Volvió a sentarse en su escritorio y continuó narrando la batalla, deseoso de concluir para al fin poder dormir.


Lo tormenta se acercaba. Víctor “El salvaje” sin darle la mínima importancia continuaba matando sin piedad a todo el que se interpusiera en su camino. La lluvia comenzó a caer con fuerza, el fuerte viento, los truenos y relámpagos no cesaban, dándole un aspecto aterrador a la escena. Al fin, la batalla terminó con el grito victorioso de los piratas que no dejaron ni una pieza de oro por cargar en las bodegas. Así, con un peso excesivo pusieron rumbo mar adentro. Pero la tormenta era demasiado intensa. A estribor, el imponente acantilado los atraía con violencia. La tripulación no lograba dominar la embarcación que se acercaba sin remedio a las rocas. El fuerte oleaje lo arrastraba y empujaba hacía las rocas, donde se estrelló dejando el casco destrozado. El peso de todo el oro que con tanta saña habían arrebatado matando sin piedad, los arrastró rápidamente a lo más profundo del mar de forma que resultaba imposible que alguien escapara con vida. 
Los días de terror del Víctor “El salvaje”, golpeado de forma incesante contra las rocas, y el de todos sus hombres, habían llegado a su fin. 

Escrito esto, Ernesto se aseguró de guardar el archivo y se quitó las gafas. Mientras se ponía en pie, escuchó de nuevo la voz del más despreciable pirata “¡Maldito seas una y mil veces!”. Ernesto, dirigiéndose hacia la puerta respondió sin mirar atrás. “Así ya no me volverás a despertar. Dime ahora quien depende de quién”.


©Patricia Duboy

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Si me vas a querer




Si me vas a querer, regálame sonrisas, miradas con silencios,
suaves caricias y más que palabras, hechos.
Si me vas a querer, no te sueltes de mi mano
y de ese tiempo que quieras pasar a mi lado,
lléname con tu presencia y no permitas,
que olvide el calor de tus brazos. 
Si me vas a querer, vamos a llenarnos de ilusiones,
sonrisas compartidas y buenas vibraciones. 
Si me vas a querer, no dejes que me pierda de tu lado,
pero no me ates, que un amor con cadenas
se hace esclavo de un odio enmascarado.
Si me vas a querer, debes saber
que necesito alguien que esté presente.
Haz que te sienta, aunque no estés cerca.
No llenes mi corazón de ausencias
porque el tiempo, al final nos aleja. 
Si me vas a querer,
no dejemos que el silencio, invada lo nuestro.
Y no me apartes de tu vida, porque deseo compartirla.
Si me vas a querer, olvidemos los miedos.
Y empecemos de nuevo, construyendo buenos recuerdos.
Si me vas a querer, no pongas el dedo en viejas heridas,
que aunque no las provocaste, sabes que el dolor se aviva.
Si me vas a querer, no escondas lo que sientes,
y cuéntame tus sueños, los tendré siempre presentes
y te animaré a perseguirlos, hasta cumplirlos.
Si en algún momento, al decir lo que pensamos,
estamos en desacuerdo y entonces discutimos,
y tal vez, hasta nos enfadamos.
No olvidemos que nuestras diferencias,
están solo por fuera y que dentro,
no tenemos fronteras. 
Si me vas a querer, no pienses que esto son condiciones,
pues son tan solo pretensiones de un corazón que quiere querer.
Si me vas a querer, hagamos que nuestro momento sea perfecto.
Y llenemos nuestros corazones de afecto, si me quieres querer.

©Patricia Duboy

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Déjame ser



Déjame ser esa llama que prende en ti. 

Deja que avive sin miedo este fuego.
Este fuego que se refleja en tu mirada  
y me abrasa dentro.
Como decirte que al cerrar mis ojos,  
tan solo te veo a ti.
Que inspiras cada nuevo sentimiento que nace en mí.
Que en el bullicio del día  
y el silencio de la noche,  
solo tu voz prevalece en mí.
Que inconsciente te busco,  
y consciente me quedo en ti.
Que amanece cada día,  
con tu presencia clavada en mí.
Y de noche al acostarme,  
mi sueño se alimenta de ti.




©Patricia Duboy

sábado, 29 de noviembre de 2014

A tu lado pero sin mi



Corazones en blanco y negro



No durmió aquella noche, había estado llorando en silencio como tantas veces desde hacía unos años atrás. Se sentía atrapada en una vida que no le pertenecía, que no deseaba. Cansada de fingir, a los ojos de quien mira desde afuera, que todo está bien. Aún no había amanecido cuando se levantó sigilosa de la cama que comparte con el hombre que había convertido el cuento de hadas en una novela de terror. Evitó hacer ruido para no despertar a la bestia que el alcohol le devolvía cada noche y que yace con un sueño tan profundo que pareciera que no despertaría jamás. Pasó unos minutos junto a la cama, mirando el profundo sueño con una extraña mezcla de lástima y odio, sin entender cómo podía dormir después de todo, pensando en lo mucho que deseaba que realmente no despertara jamás, sintiendo como le arrebata la vida con sus propias manos, convenciéndose de que era lo mejor que podría hacer. No, no podría. Apartó de su pensamiento la terrible idea y se dirigió en silencio al baño.


Se detuvo frente a su reflejo en el espejo que le mostraba aquella realidad en la que se había convertido su vida, escudriñó las marcas que el desprecio de él había dejado en su cara, sus brazos, su cuerpo… hizo un gesto de desdén y quedó mirando los ojos del otro lado del espejo, queriendo encontrar a la persona que se escondía tras esa mirada triste y vacía que le suplicaba a gritos que la rescatara de allí.

Afuera caía una fina lluvia desde un cielo gris que animaba a su melancolía. Quiso ser fuerte de nuevo, salió a la calle y esta vez no daría ni un paso atrás. Estaba preparada para escapar, huir de una vez del dolor que le producían las marcas en su piel y las llagas de su corazón. Se detuvo en el umbral y dejó que la lluvia mojara su cara. Sintió rejuvenecer, recuperar por momentos su vida, sus sueños. Cerró los ojos, tomó aire profundamente, un aire fresco y húmedo que la llenó de vida, echó hacia atrás los hombros, se irguió y decidida bajó el escalón que la separaba de su felicidad.

Y de pronto a su espalda, esa voz que le dominaba “¿Qué haces a estas horas aquí fuera?”. Un repentino escalofrío recorrió su espalda, temblando giró sobre sus pies. “¿A qué esperas?” le espetó, aun con la voz embriagada. “Vuelve a la cama ¡vamos! ¿Quieres que te vean todos?”. Apenas con un hilo de voz pudo responder “Me desvelé… no te quise despertar… voy enseguida”

Y sintió de nuevo que los años le pesaban y sintió demasiado fría la lluvia de aquella mañana, sintió demasiada melancolía en el gris del cielo y demasiado miedo anidado en su pecho.

Y cerró tras de sí la puerta volviendo a la casa. Esa casa donde duermen sus miedos y viven amordazados sus sueños y deseos.


©Patricia Duboy

martes, 25 de noviembre de 2014

Juego de niños





El teléfono sonó y corrió a atenderlo, enmudeció al recibir la noticia. "Esto no debió pasar" dijo al fin con rabia contenida, apretando el teléfono mientras las lágrimas escapan de sus ojos. “Son juegos de niños”, le decían cada vez que intentaba hacer comprender, que su hijo no era ningún bicho raro. Sabía que su pequeño había pedido ayuda, y que se burlaban diciéndole; “Se un hombre”. Pero en su cuerpo, siempre había vivido una mujer. Y que podía él, contra esos chicos, que le hacían tan amarga su existencia. Aquella mañana, la escuela se llenó de silencio. Le encontraron en los baños, sus pies no tocaban el suelo.


©Patricia Duboy

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Guitarra




YRodriguezFotografía



Rescatada de mi letargo, de este silencio que me domina y que torpes manos insensibles han jugado a llenar. Impaciente es mi espera. Deseosa de ese fuego que va a colmar mis días de dulce felicidad. Profundos sentimientos despiertas en mí, esa facilidad que tienes para hacerme sentir. Arrancas de mí cuanto deseas. Recorres mi cuerpo con la facilidad que tiene un niño para reír.

Contigo me fundo, me dejo llevar. Controlas mi voluntad, y solo puedo soñar con el calor de tu cuerpo al rodear el mío. Soy marioneta en tus manos, y manejas mi cruceta sin poner en mi conciencia que dependo de ti. Así, me llevas por el camino que tienes marcado, y allá donde vamos, me siento parte de ti.

Sin entender la razón, el tiempo te arranca de mi lado. He dejado de sentir tu corazón. Ese acompasado ritmo que me llenaba de vida. Y entonces, se apaga mi voz, y quedo en oscuro silencio. Y mi cuerpo, que ha dejado de temblar entre tus brazos, queda inerte. Frío, sin tus manos. Esas, que con sus caricias, arrancaban mi grito en perfecta armonía vibrante. Y tus brazos, a los que me entregaba cuando rodeaban mi cintura en un abrazo cálido que me hacía sentir solo tuya. Única. Y en ese abrazo, te dejabas llevar. Melodías dormidas me despertaban con cada toque firme y seguro de tu mano. Melodías que despertaban tu sentimiento. Sentimiento que transmitías y me hacía sentir viva. Me dejaba llevar. Y me llevabas a ese punto justo en el umbral del éxtasis. Y así, enajenada, hacías de mi cuanto deseabas.


 Y ha llegado el ocaso, y permanezco aquí en profundo silencio que enfría mi piel. Y mi alma, suplica tu vuelta. Tu adiós, es mi silencio. Y de nuevo, en triste espera. Doloroso silencio, que va a llenar otra vez mi tiempo.


©Patricia Duboy

viernes, 14 de noviembre de 2014

Y soy






Y soy rio, 
y en la montaña comienzo mi camino. 
Viajo tranquilo en busca del mar.
A veces, un lago. 
A veces, cascada.
A veces, lleno y otras, nada.
A veces, rocas. 
A veces, vida.
A veces tan fría, 
que no me quieren tocar.
Y una presa en mi camino, 
se interpone en mi destino.
Me detiene y juega conmigo.
Me dejo guiar. 

Días de tormenta, despiertan mis sueños dormidos.
Se abren sus puertas y puedo escapar.
Y de nuevo, en libertad. 
En busca de ese lugar,
que a mis sentidos, permita volar.

Y soy mar. 
Y viajo perdido en la inmensidad.
A veces, calma. 
A veces, tempestad.
A veces, profundo. 
A veces, superficial.
A veces tan cálido, que invita a soñar.
Buscando incansable una orilla, donde poder descansar.



©Patricia Duboy


lunes, 3 de noviembre de 2014

Otro final





Otro final siempre es posible...

Estoy cansada Azul  dijo la princesa mientras descongelaba una perdiz

 ¿Qué esperabas?  gruñó el príncipe malhumorado desde el sofá, sin dejar de mirar la televisión. Y añadió. Ya sabías como iba a acabar el cuento.

 En ese instante, se abrió de golpe la puerta, y ante el asombro del príncipe y la princesa, apareció el Gigante Verde. Tomó a la princesa en sus fuertes brazos, y clavando sus ojos verdes en los de la princesa, dijo:

  No desesperes, mi princesa. Hoy, comerás ensalada.


Y sin decir nada más, salió de la casa con la princesa en brazos. Ante la mirada incrédula del príncipe, incapaz de reaccionar.


©Patricia Duboy

martes, 21 de octubre de 2014

Fuera de mi




Hoy amanecí sintiéndome muy ligero, como si flotara. 
Me parecía estar caminando en el aire, a unos centímetros del suelo. 
Cuando me asomé a la ventana, tuve que sujetarme, el aire se me llevaba. 
Pensé entonces que podría volar y quise probar, pero me asusté un poco. 
¿Y si recupero mi peso mientras estoy en el aire? 
No quise arriesgar. 
Estaba con esos pensamientos, cuando escuché un grito. 
Mi mujer sin duda. 
Volví a mi habitación, y allí estaba ella. 
Ahogada en llanto, junto a mi cadáver.



©Patricia Duboy

viernes, 17 de octubre de 2014

Instintos desatados





Ven a apagar mis instintos.
Derrite mi piel en gotas de sudor 
con el fuego de tu pasión. 
Sacia mis deseos y lléname de ti.
Haz que cada caricia de tu boca, 
me lleve a la inconsciencia 
de olvidar por un instante todo.
Desata la pasión que guarda cada rincón de mi ser, 
hasta agotar por completo mi aliento.
Y cuando ya no me queden fuerzas.
Funde tu cuerpo al mío, 
y deja que mis instintos duerman sobre tu piel. 
Hasta que de nuevo, el fuego de tus caricias, 
despierte mis deseos que descansan en ti.



©Patricia Duboy

jueves, 9 de octubre de 2014

Ya basta





Ya basta de mentiras, de juego sucio, de mirar para otro lado mientras se lo pongan en la mano y de culpar al que tienen a su lado.

Ya basta de insultos de patio de colegio, de posar para la foto sin importar lo que se haya roto.

Ya basta de esas risas ante las protestas del ciudadano, que solo hacen lo que está en sus manos.

Ya basta de favorecer al que no lo necesita, ignorando siempre al que está debajo. Piensa que ese pedestal al que has subido, lo sujetan todos aquellos a quienes has hundido.

Ya basta de esperar los extremos de la desesperación para poner oídos, a lo que a gritos han pedido.

Ya basta de dar al que tiene, quitándole siempre al que lo sostiene.

Ya basta de pedir y quitar que eso, no lo va a solucionar.

Que sus trajes caros lo han pagado aquellos a los que al desempleo ha enviado, facilitando despidos y desahuciando a su vecino.

Que este país se ha hundido, con esos sinvergüenzas que no reconocen su delito y quedan impunes sin ensuciar su nombre.


©Patricia Duboy

domingo, 5 de octubre de 2014

Nocivo y gris

Yolanda Rodriguez Fotografías


Había mirado cada fotografía con tanta serenidad y frialdad que no parecía afectada en lo más mínimo. Hacía varios meses que las esperaba, tan solo necesitaba corroborar sus sospechas. Y ahora, que las tenía ante sus ojos, parecía saborear el momento. El silencio se le hizo incómodo al señor del traje gris y pañuelo rojo, que trajo las impresiones y apuntes de cada detalle de los seis meses que llevaba tras Carlos, pues para eso habían sido contratados sus servicios. Malena sacó un paquete de cigarros y un mechero, sin decir nada le ofreció al detective, que con otro gesto rechazó el ofrecimiento. Ella acercó el cigarro a sus labios, coloreados de un vivo rojo que había pintado para que él, la pudiera reconocer. Muy despacio, como si no existiera el tiempo, encendió el cigarro. 

Su mirada se paró entonces en el humo que ascendía lento, permaneciendo durante un instante flotando en el aire para luego desvanecerse y no dejar rastro de su paso ante ninguna mirada. Debía tomar una decisión. Una importante decisión que cambiaría por completo su vida. De nuevo, su mirada en el humo. Parecía hipnotizarla con ese baile lento, sensual y silencioso. Le ayudaba a pensar. Y el humo grisáceo del cigarro parecía saberlo y subía casi parado, contoneándose seductor ante sus ojos. 

El detective comenzó a impacientarse, y miro su reloj varias veces antes de pedirle la cantidad que tenían pactada. Nunca había visto tanta sangre fría, ni tal falta de expresividad en un cliente después de examinar las pruebas de las sospechas por la que solían contratarle. Malena extrajo un grueso sobre del bolso y lo deslizó sobre la mesita de la cafetería donde se habían citado. Este lo tomó nervioso, miró su interior, inclinó la cabeza en señal de despedida al tiempo que se levantaba y desapareció por la misma calle que hacía escasos veinte minutos, había recorrido con las pruebas bajo su brazo hacia la terraza donde se encontraría con su cliente. Malena permaneció unos minutos más allí sentada. Pensando bien lo que haría una vez se alejara de allí. Bebió de su café aún caliente. Una última calada al cigarro y el humo bailó una breve danza de despedida. Dejó un billete en la mesita, suficiente para pagar los cafés, cogió su bolso y caminó despacio y segura hacia el lado contrario por el que había venido. 

Una vez en casa, en su cabeza no dejaban de dar vueltas las fotografías que había estado mirando una y otra vez durante el resto de la tarde. Hacía años que estaba convencida que algo no estaba bien y al fin, hacía ya unos escasos siete meses, se decidió a contratar a un detective. El tiempo, consiguió que mudara el dolor por rabia y era esa rabia mezclada con un odio alimentado desde hacía años, los que la mantenían fría y serena. 

Preparó la cena, su marido no tardaría en llegar. Una reconfortante sopa, que se agradecía en esos días fríos y raros de otoño. Dispuso la mesa y con todo ya preparado encendió la televisión. Al ruido de las llaves en la entrada se levantó y fue a servir la cena. Él dejó sus cosas sobre la silla de la entrada y sin decir palabra, como siempre, se sentó a la mesa. Comenzó a tomar la sopa con ganas, en silencio y tan solo durante breves instantes levantaba la vista para mirar alguna noticia que llamaba su atención. Ella movía la cuchara en su plato, sin comer y con la mirada fija en ese hombre del que odiaba todo. Odiaba su risa, su forma de mirar sobre la montura de las gafas que apoyaba casi en la punta de la nariz. Esa nariz pequeña y respingona, casi diminuta que no hacía nada varonil ni atractivo su rostro. Odiaba sus pequeñas manos, con sus gruesos dedos. Le odiaba tanto que ya ni recordaba si le quiso alguna vez. 

Cuando apenas quedaba rastro alguno de la sopa en el plato de su marido, ella preguntó si le había gustado. El, extrañado, respondió con un gesto de su cabeza pues aun tragaba la última cucharada, y sin saber el porqué, un escalofrío recorrió su espalda. “Demasiado apio quizás”, respondió después de haberse limpiado en la servilleta. Ella sonrió y se levantó a retirar los platos y traer el postre. Un delicioso tiramisú que sabía le encantaba a su marido. Carlos sonrió al verlo y preguntó a que se debía esa atención esta noche. “La última cena del condenado” respondió ella. El no prestó demasiada atención al comentario y tomó el dulce con gusto. Entonces, mientras terminaba el postre, ella dispuso las fotografías sobre la mesa. Él, con la mirada interrogante, las miró sin reparar en ellas. Una mirada más atenta consiguió que un calor subiera desde la boca de su estómago hasta la cabeza. Y comprendió que alguien, le había estado siguiendo durante bastante tiempo. Miró después a su mujer y entendió que podría haber contratado a algún detective y que ahora, ella lo sabía todo. 

Malena no había dejado de hablar ni un segundo, aunque él no le prestaba atención. Decenas de preguntas se agolpaban en su cabeza que le comenzó a doler y entonces, reparó en algo que le dijo: “La ultima cena del condenado”. Y de nuevo un escalofrío le hizo estremecer. Y una palabra vino a su cabeza; veneno. Y la miró con el rostro desencajado y muy abiertos sus ojos. Ella no dejaba de hablar y el seguía sin escuchar. Sintió su boca seca y como la garganta se le cerraba. Quiso levantarse y sus piernas, ya paralizadas, le hicieron caer. “No tenía apio para la sopa” dijo ella. Carlos comenzó a sentir como cada vez se le hacía más difícil poder respirar. “Le eché cicuta en su lugar” confesó al fin, “son tan parecidos que los he debido confundir. Pero no temas, en breve todo habrá acabado” añadió. Le miraba desde el suelo, sin poder moverse y una lágrima recorrió su rostro al saber que su vida terminaba.

En silencio y con mucha calma, Malena encendió un cigarro que fuma sin apartar la mirada de su marido. Y observa luego el humo ascender despacio. Y sin dejar de mirar cómo se le escapa la vida, comienza a hablar serena. “¿Sabes? Mi vida contigo ha sido como el humo de este cigarro. Efímero, insignificante y gris. Nocivo y apestoso” Y dejó que el humo, bailara de nuevo para ella.


©Patricia Duboy

sábado, 27 de septiembre de 2014

Noche de amor

       

       Los primeros rayos de luz comenzaban a colarse por la ventana entreabierta. Sentí frío y tire del nórdico para abrigarme. A mi lado, aun dormida, estaba ella. No pude evitar dejar escapar una sonrisa al verla. Estaba desnuda, tumbada a mi lado, podía sentir el calor de su piel en la mía. Y sin poder dejar de mirarle, dejé que mi mente volviera a revivir aquella noche…

       Llegué a casa cansada, después de toda una semana de trabajo sin descanso. Me puse el pijama ancho con el que me gusta pasar las noches de frío. Tomé algunas chocolatinas, encendí la tele y me metí en la cama dispuesta a pasar la noche tranquila, cuando comenzó a sonar el móvil. Marta, que me propone una noche loca de fiesta. 

—Hoy paso, estoy muerta y ya me metí en la cama —dije. 
—Venga ya, si son las diez. 
—Hoy no Marta, mañana te llamo para quedar. 

       Y colgué. Mi gato subió en busca del calor de las mantas. Y cuando comenzaba a acurrucarse, una nueva llamada le sobresaltó y le hace caer de un salto al suelo. Me empiezo a mosquear. Esta vez María.

—Oye, ¿cómo que no vienes?. 
—Que no voy ¿dónde?... Ya le dije a Marta que estoy en la cama, mañana quedamos. 
—Mira, te vamos a buscar a las once, espero que estés preparada —insistió y antes de que pudiera contestar, colgó el teléfono. 

       Ni me inmuté, y para evitar que cada una de ellas comenzara a llamarme, para intentar hacerme cambiar de idea, envié un mensaje de grupo, dejando claro que no tenía pensado salir esa noche y que se olvidaran un poquito de mi. Respuesta grupal nula. Y a las once en punto, mis tres ex amigas estaban abajo, sin dejar de llamar al portero. 

—No voy a salir hoy —les digo a través del portero. 
—Nina, tienes cinco minutos para bajar o subimos a por ti —dijo Noe autoritaria. 
—Eso me gustaría verlo. 

       No debí ponerme chula, olvidé que tienen copia de las llaves de mi piso. Por esas cosas que puedan pasar, cada una tenemos una copia del piso de las demás. Menos de Marta, que aún sigue en casa de sus padres porque, como ella dice; "allí no le falta de nada y puede hacer todo". Pero claro, siempre está pendiente de alguna habitación cuando liga algo. Antes de darme cuenta tenia a las tres en casa, buscando algo para ponerme. No sé ni cómo me vistieron y me sacaron a rastras. Tuve que volver. Noté que llevaba las zapatillas puestas cuando pisé un charco. Noe me acompañó, no confiaba en que volviera a bajar. 

       Media hora dando vueltas con el coche para buscar donde aparcar. El sitio estaba lleno y la cola para entrar al local daba la vuelta a la calle. 

—No entiendo el éxito de este sitio —dije aun molesta por tener que salir a la fuerza. 
—El éxito; es que no hay otro igual en toda la provincia, y vienen gente de todas partes. Además es grande y la decoración es chulísima —contestó María, que prefiere locales grandes y llenos porque piensa, que hay más chicas donde elegir.

       Al fin, aparcamos. Y después de un buen rato haciendo cola para entrar, allí estábamos. La decoración si esta muy bien, no lo puedo negar. El local tiene seis salas. Cada sala con su barra, y con camareras que parecían sacadas de la pasarela Cibeles. Fuimos directas a la sala Pop, allí al menos se puede hablar mientras tomamos algo. Nos sentamos en una mesa. María ya había repasado a todas y a cada una de las chicas que teníamos alrededor. Y no contenta con eso, fue a mirar que encontraba por ahí. Marta, como siempre, solo pisar el local la invitaron a tomar algo a la sala Country. Noe, no dejaba de criticar a las camareras, que según le parecía, las tenían toda la semana en una vitrina para que no cojan polvo y solo las sacaban los fines de semana y festivos para exponerlas. Llegaron dos chicas a nuestra mesa, y tras las presentaciones, aprovecho para escabullirme al servicio. Por supuesto, cola para entrar y mientras espero pienso en mi cama, mis chocolates y mi gato. Entonces una voz a mi espalda me pregunta si soy la última.

—Si… —dije mientras me volvía y descubría a la chica más bonita que jamás había visto. 

       No me salieron más palabras y debí quedarme con cara de idiota porque ella no dejaba de mirarme divertida. 

—¿Estás bien? —preguntó. 
—¿Quién no lo está después de haber visto un ángel? —dije. 

“Si, claro que estoy bien” pensé. Cara de asombro. Empiezo a sentir como un color rojo intenso, me colorea las mejillas. Entonces, comprendo que lo que debí decir en alto, lo pensé. Y lo que debí pensar, lo dije en voz alta. Para mi suerte, el baño se abre y me deslizo dentro antes de conseguir parecer una sirena. Me miro al espejo y veo un tomate tan maduro, que se caería de la mata. Pensé en no volver a salir hasta que el local se hubiese quedado vacío. Pero enseguida pensé, que sería mejor disimular y salir, como si nada hubiese pasado. Y eso hice. Pasé por su lado y le dije un sonoro “todo tuyo” que consiguió que fueran más evidentes mis nervios. Y volví corriendo donde Noe, que aún seguía en la misma mesa. Hablaba animada de cómo habían cambiado las cosas. Ella, siempre habla como si tuviese sesenta años y hubiese vivido la época de represión y esa noche había encontrado a alguien con sus mismas ideas. Primera vez que deja de criticar a todas, para centrarse en la conversación que aún mantenía con las dos chicas, a las que dejé con la palabra en la boca cuando corrí al baño.

—¿Qué has estado haciendo? ¿De dónde vienes?. 
—Del paraíso…de hacer el mayor ridículo. 
—A ver, cuéntame. 

       No iba a contarle nada estando allí esas dos que no conocía. Le hice una señal de que luego lo haría y me fui a buscar algo para beber. Mala idea. El ángel estaba allí, junto a otra chica que supongo era su amiga, porque no había indicios de que fuese su pareja. Las evito y me dirijo a la barra de la sala Rock. Con mi copa en la mano me dirijo a un rincón, cuando alguien me agarra de la cintura por la espalda. Me asusto y media bebida va a parar al suelo.

—¡Coño María que susto!
—¿Qué haces tú por aquí?
—Me apetecía ruido para no oírme pensar
—¿Y Noe? 
—Comiéndole la cabeza a dos
—Mira, he ligado —me dijo señalando a la pista como una niña que acaba de comprar una gran piruleta. 
—Y tú cuando no —le respondo. 

       Y corre al encuentro de su nuevo ligue. Me quedo apoyada en la barra con mi copa en la mano, mirando a todas partes y sin ver nada. Siempre hay demasiado ruido en esa sala y ya empezaba a sonarme hueco la cabeza. Vuelvo a la sala Pop y encuentro que el ángel habla con las chicas de nuestra mesa. Noe me hace señas para que me acerque y como llevada por una fuerza extraña que me empuja sin poder evitarlo, llego hasta la mesa y de nuevo con la misma cara de idiota con la que entré en el baño. 

—¡Hola! —me saluda el ángel, y siento que el color vuelve a mis mejillas. 
—Hola, no sabía que os conocíais —dije señalando a el ángel y a Noe alternativamente. 
—No nos conocemos Nina, es amiga de Trini y Paqui —me respondió Noe refiriéndose a las chicas con quien hablaba desde que llegamos al local. 

       Hubo un silencio que se me hizo eterno y de nuevo Noe, retoma su charla con Trini y Paqui. Me vuelvo hacía el ángel y la sorprendo mirándome con una media sonrisa dibujada en su boca, y ¡que boca!. Sus dientes blancos me parecieron perfectos y sus labios carnosos dibujaban la sonrisa más bonita que había visto jamás. Le sonreí y me quedé mirándola sin decir nada, no sé por cuanto tiempo. Y de nuevo su pregunta:

—¿Estás bien? —me dijo sin borrar su sonrisa. Esta vez no estaba dispuesta a meter de nuevo la pata y me aseguré de mi volumen y mis palabras, antes de decir nada.
—Sí, es solo que ando un poco agobiada con tanto ruido. 
—Está muy lleno esto hoy, ha servido el reclamo de traer a “Las liantas”
—Bueno, no vine por ellas, mis amigas las dictadoras me trajeron a rastras —“pero ha merecido la pena solo por conocerte” pensé
—Son muy buenas, hace tiempo que las sigo. ¿No las conocías?
—Si, si me gustan. Es solo que no me apetecía salir hoy. 
—Pues habría sido una lástima no conocerte. —Y vuelven los colores acompañados de un cosquilleo en el estómago. Le sonrío y respondo. 
—No me arrepiento de haber venido la verdad.
—¿Me acompañas a la barra? ¿Qué tomas?. 
—Un martini con cola. 

Íbamos camino de la barra cuando siento que me agarran de la cintura. 

—¡Maria, deja de hacer eso!
—¡Hija que genio!. ¿Quién es tu amiga?
—Pues… —vaya en ningún momento se me ocurrió preguntar su nombre. 
—Andrea —se adelantó ella mientras le daba dos besos a mi amiga. 
—Yo María, ¿vais a pedir?
—¿No te espera nadie? —le corté haciéndole señas para que nos dejara solas. 
—Se está morreando con una y paso de esos juegos, ¿con quién habla Noe?
—Nos las conozco, ¿por qué no te quedas y lo averiguas? —le propuse mientras me alejaba con Andrea. 
—Y no querías venir… —me susurró María mientras me sujeta del brazo. 

       Le hice un gesto de burla y fui hacía la barra. Andrea ya estaba pidiendo. Nos sirvieron las bebidas y se volvió hacía mi para ofrecer la mía. No sé cómo ocurrió, pero mi mano al ir a buscar la copa, se adelantó y creo que a traición, rozó su pecho. De nuevo el color a mis mejillas, desee que no lo hubiese notado pero no tuve suerte. 

—La otra se va a poner celosa —bromeó ella. 
—Perdona… —y pensé “no tengo ningún problema en evitar esos celos”

       Fue entonces cuando me fijé en ella. Su cuello, sus pechos, sus hombros, su cintura, sus caderas, sus piernas… toda una obra de arte que me hizo sentir un nudo en mi estómago y un deseo indescriptible de amarla allí mismo. 

—Aún no me has dicho tu nombre —creo que me noto el descaro con que la miraba. 
—Nina 
—¿Vienes a bailar, Nina? 
—Sí... Sí, claro

Me llevó a la sala latina, sonaba salsa y había mucha gente en la pista. Ella me tomó de la mano y me llevó directa al centro de la pista. Yo paralizada, solo podía pensar en ese cuerpo de infarto, sin reparar en nada más. Andrea comenzó a bailar, su sensualidad rezumaba por todos sus poros, la cadencia de sus caderas estaba subiendo la temperatura de mi cuerpo y sentí un súbito calor que me hizo beber casi de un trago la copa que tenía en la mano. No dejaba de bailar, mirarme y sonreír. Creí estar en el paraíso, y rogué que no notaran la ausencia de ese ángel que se les había escapado. Se puso de espaldas a mí sin dejar de bailar, con la mano que tenía libre me acercó aún más hacia ella, podía notar cada uno de esos movimientos que me estaban haciendo perder la cabeza. El deseo se estaba apoderando de mi. No sé donde dejé mi copa y con mis manos dibuje lentamente su cuerpo, siguiendo cada curva que su ceñida camiseta, marcaba sin compasión. Comencé a bailar aún más pegada a ella, mis manos no dejaban de acariciar cada centímetro. Se giró sin dejar de bailar, me miró a los ojos y me dijo. “Estoy deseando probar tus labios”. Me sentí temblar y como mi deseo por besar su boca y sentirla desnuda junto a mi, aumentaron hasta el límite. Me acerqué muy despacio sin dejar de mirar en sus ojos. Y rocé con mis labios los suyos, muy suave al principio. Ella me sujetó por la cintura y me acercó hacía sí con fuerza. Y entonces nuestras bocas se fundieron en una, nos besamos apasionadamente. Mis manos se perdían por todo su cuerpo y sus manos descubrieron lugares en mi que ni siquiera yo conocía. “Ven a mi casa” le susurre sin dejar de besarle.
Salimos y avisamos a un taxi. Subimos, y en un momento llegamos a mi casa. No le solté de la mano y ella no dejaba de besarme. No había abierto aun la puerta cuando ya me estaba quitando la ropa. Abrí como pude y dejando su cuerpo libre de ropas la llevé hacía mi habitación. Ni siquiera encendí la luz y cuando la tumbé en la cama…

—¡Ah! —el grito me sobresaltó y grité al tiempo
—¿Marta?
—¡Nina! ¿por qué no avisas antes de entrar?
—Es mi casa Marta, deberías avisarme tu 
—¡No enciendas la luz! —gritó tarde y pude ver que ya hacía rato que estaba allí.

Volví a apagar la luz y salí de la habitación. Andrea estaba fuera desde hacía rato, no advertí en que momento había salido. 

—No sabía que iba a estar mi amiga aquí, perdona…
—No te preocupes, no importa —temí que se fuese como había venido, pero… 
—Vivo cerca de aquí, podemos dar un paseo hasta mi casa, allí te aseguro que no habrá sorpresas. —Creo que notó mi alegría al oír sus palabras.

Paseamos de la mano, la noche invitaba a hacerlo. Caminamos en silencio, robándonos besos, miradas y caricias. Llegamos a su casa, subimos a un tercero y abrió la puerta de un piso muy parecido al mío. Cerró despacio, se volvió y se dejó caer lentamente sobre la puerta de entrada siempre sonriendo. “Es preciosa” pensé. Alargó sus brazos buscando mis manos y se las entregué. Estaba dispuesta a entregarle todo cuanto me pidiera aquella noche. Me acercó hacia ella con mucha suavidad. La temperatura volvía a subir. Me besó despacio. Acariciando mi espalda. Mis manos se detuvieron en su cadera y la apreté contra las mías. Sentí su lengua buscar la mía, y se encontraron. Dibuje sus labios con mi lengua y después apreté sus labios contra los míos. El deseo por sentir nuestro cuerpo desnudo aumentaba por segundos. Deslicé mis manos bajo su camiseta y con una destreza que sigo sin comprender de donde me viene, le desabroche el sujetador y clavé mis uñas en su espalda. Nos besamos con más intensidad. Empecé a besarle el cuello y traté de quitarle la camiseta. No fui tan diestra y tuvo que ayudarme. Sin dejar de sonreír se quitó la camiseta y dejó caer el sujetador al suelo. "Andrea" susurré. 
Mis manos acariciaron sus pechos, muy despacio. Ella no dejaba de sonreír y tan ensimismada estaba memorizando los, que no me di cuenta que había desabrochado mi pantalón. Besé su boca, muy despacio sin dejar de acariciar su piel. De pronto, me empezó a sobrar toda la ropa, me la quité en un segundo dejándome solo el tanga y la apreté con fuerza contra mi cuerpo. Caminamos sin dejar de besarnos y acariciarnos hasta su habitación. Me empujó hacía la cama y se deshizo de sus pantalones. Estaba deseando sentir su piel en mi piel. Se acercó despacio hacía mí, yo la esperaba sentada, y a medida que se acercaba me iba dejando caer sobre la cama. Nos besamos. Nos acariciamos. Me abandoné a los sentidos y me dejé llevar por el deseo. Nunca había sentido nada así. Se sentó sobre mí, con sus piernas a cada lado de mis caderas. Y comenzó a moverse despacio. No recuerdo haber estado tan excitada. Me sujetó las manos por las muñecas y se agachó para besarme mientras se movía despacio. Le correspondí siguiendo el ritmo con mis caderas. Bajaba despacio besando mi cuello, mis pechos, mi vientre. Recorrió mi cuerpo con sus labios. 

Aun sentía una corriente de placer por todo mi cuerpo, cuando ella se disponía a empezar de nuevo. Me revolví y la puse debajo mía. Me senté rodeándola con mis piernas y sin poner resistencia alguna, me dejó hacer. Comencé a besarle, mis labios insaciables buscaban los suyos. Mis manos acariciaban todo su cuerpo, tratando de leer cada línea de su piel y memorizarla. Me movía despacio y suave, en mi cuerpo todavía estaba latente el placer, que minutos antes me había regalado. Me detuve un segundo para contemplar su cuerpo desnudo. Lo recorrí con la mirada sin dejar un rincón por escudriñar. Pasé mi mano despacio por sus labios, recorrí su cuello y me detuve en sus pechos. Deseaba que se dejara llevar y que por un instante, olvidara todo. Ella me aferró de las muñecas con fuerza. Susurraba mi nombre, que nunca antes me sonó mejor. Empezaba a estremecerse con intensidad, hasta llegar a ese punto donde todo desaparece. Gritó mi nombre y quedó exhausta. Jamás había amado a nadie con tanta pasión. Y así continuamos toda la noche. Entre caricias, gemidos y besos dejamos que se perdieran nuestros sentidos. Agotadas, nos abrazamos, y en segundos nos quedamos dormidas…


Todavía seguía dibujada la sonrisa en mis labios y sentía aun recorrer por mi cuerpo el placer de aquella mágica noche. La bese muy suave en la mejilla. Despertó y me miró. Acompañado de una sonrisa, me regaló un “buenos días” que aun sonaba a sueño. No dije nada y la bese con toda la pasión que aún estaba latente en cada centímetro de mi piel. Me abrazó y recorrió mi espalda con sus manos. “Desearía estar así toda la vida” le susurre al oído. Me abrazó aún más fuerte. Y sin dejar de mirar mis ojos susurró; “seré tu deseo”. 

©Patricia Duboy